sábado, 28 de septiembre de 2019

Vicente Battista "Un día después"


Un día después
de Vicente Battista

Miré una vez más la foto: un rostro juvenil, de ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro. Era una belleza insolente, a mitad de camino entre la inocencia y la perversidad.
    - ­Se llama Mercedes Gasset y va a estar en el hotel Los Faraones, el sábado, al mediodía.
    Asentí con un movimiento de cabeza. Me entregaron el cincuenta por ciento de lo pactado y el pasaje de ida y vuelta. Dijeron que confiaban en mi, que el resto lo recibiría al final del trabajo. Asentí otra vez y pregunté si habían pensado en un sitio en especial. Uno de ellos dijo que la Cueva de los Verdes podría ser el lugar adecuado y agregó que no me costaría mucho llevarla hasta ahí. Realmente me tenían confianza. Supe que era hora de despedirse. En un par de días tendría que volar a Lanzarote para encontrarme con Mercedes Gasset.
    El vuelo fue tranquilo, debí soportar un compañero de asiento que había resuelto mitigar su soledad, o el miedo a las alturas, contándome el encanto de las Islas Canarias. Le concedí un par de aprobaciones y simulé un sueño reparador. No me interesaban las islas y jamás había estado en Lanzarote, sólo tenía una vaga referencia por un cuento, o cierto capítulo de novela, en donde un hombre se encontraba con una mujer joven, para disfrutar del fin de semana. También yo iba a encontrarme con una mujer joven, pero no iba a disfrutar del fin de semana; iba a matarla.
    La vi en el lobby del hotel. Se paseaba de un lado a otro, indecisa; aunque no parecía buscar a nadie. Finalmente se acercó a la barra y pidió un vaso de leche fría. El azabache de su pelo resultaba más inquietante que en la fotografía.
   -  ­No es el mejor modo de combatir la ansiedad ­dije.
    Me miró; sonrió levemente.
    ­- ¿Quién le ha dicho que estoy ansiosa?
     - ­No hay más que verte.
    ­- ¿Psicólogo?
     - ­Curioso.
    Habíamos roto las barreras. Dijo que se llamaba Patricia; por alguna razón ocultaba su nombre, debía cuidarme. Dijo que era madrileña.
    ­Uruguayo ­mentí.
    Establecidas las reglas del juego, entretuvimos la tarde hablando tonterías.
    ­- Si me prometés cambiar la leche por un Rioja digno de nosotros -dije-, esta noche cenamos juntos.
     - ­¿Y si no?­- preguntó.
     - ­Nos encontraríamos para el café.
    ­ -Ya no tengo ansiedad ­dijo y volvió a sonreír­. A las nueve, aquí mismo.
    La vi marcharse. Esa muchacha me gustaba más de la cuenta; mi oficio prohíbe ese tipo de gustos. Pensé que un whisky doble expulsaría el mal sentimiento, lo bebí de un trago, pero la muchacha me seguía gustando. Miré la hora, faltaban unos minutos para las siete. Acaso dormir ayudaría. Pedí la llave de mi habitación y ordené que me llamaran a las ocho y media.
    Fue puntual, virtud infrecuente en las mujeres jóvenes y bonitas. Caminaba con estudiada despreocupación, usaba un vestido de tela liviana que le acentuaba las formas. Tuve la fantasía de que algunas horas después se lo iba a quitar.
    ­- Magnífica­ - dije por todo saludo y llamé al barman. Dijo que no iba a beber. Le recordé la promesa; agregó que sólo bebería vino, durante la comida. Parecía una niña obediente; fuimos hacia la mesa.
Elegimos una exquisita carne de ternera, rociada con salsa de champiñones y acompañada de arroz blanco. Supe que en la bodega del hotel había Vega Sicilia y no vacilé: iba a ser su última cena; merecía el mejor de los vinos. Lo gozamos hasta la última gota y sirvió para recrear nuestras mentiras. Dijo que estaba en la isla con el propósito de recoger material para un futuro trabajo acerca de la identidad canaria. Quiso saber de mí. Me inventé una profesión liberal y un desengaño amoroso, dije que no quería hablar ni de una cosa ni de la otra. A la hora del café y el coñac, le confesé que me gustaba más de la cuenta y por primera vez, a lo largo de la noche, estaba diciendo la verdad.
   Luego fuimos a mi habitación. La besé lentamente y el minúsculo vibrar de su piel me hicieron comprender que no había errado el camino. Ahí me quedé. Cada vez me gustaba más. Era una pena quitar al mundo a una muchacha así; la abracé casi con cariño. Se quedó dormida de inmediato. Estuve mucho tiempo mirando el techo y pensando en esas desarmonías, ajenas a uno, que lamentablemente no tienen arreglo. Recordé a De Quincey: "Si alguien empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente".
    Un par de horas más tarde ella abrió los ojos y me dijo algunas cosas que ahora prefiero olvidar. Le pregunté si conocía la Cueva de los Verdes y le propuse una excursión a la mañana siguiente. Dijo que sí. No sabía que estaba firmando su sentencia de muerte.
    Un simple estuche de máquina fotográfica fue el refugio ideal para la Beretta 7,65, con silenciador incluido. Tomé un café sin azúcar, de camino a la cueva de los verdes. Habíamos decidido encontrarnos ahí a las diez de la mañana. La descubrí mezclada con un contingente turístico. Seguimos al guía y nos enteramos de que estábamos ingresando en una cueva que, trescientos años atrás, había construido la lava volcánica. Era un túnel que se prolongaba por kilómetros y kilómetros y del que apenas se habían explorado algunos miles de metros.
    -  ­Alguna vez fue al refugio de los guanches -­ dijo Mercedes  a media voz.
    ­- ¿Los guanches?
    ­- Los primeros habitantes de la isla-­ completó.
    "Y ahora será tu tumba", pensé, con dolor. Conseguí que cerrásemos la marcha de los entusiasmados turistas y así anduvimos entre las tinieblas. Algunos temas de Pink Floyd y unas pocas luces de colores, astutamente distribuidas, le daban el toque fantasmagórico que el sitio precisaba. Los hijos de puta de mis clientes habían sabido elegir el lugar: un cadáver podría permanecer ahí por largo tiempo, hasta que el mal olor de su putrefacción lo delatase. Pensé que ese cadáver iba a ser el de Mercedes y sentí un ligero malestar. Decidí terminar el trabajo de una vez por todas y me detuve, con la excusa de ver algo. El contingente siguió su marcha, ignorándonos. Abrí el estuche fotográfico.
    ­ -Aquí no se pueden sacar fotos -­bromeó.
     - ­No pienso sacar fotos - ­dije.
    La Beretta en mi mano obvió cualquier otro comentario.
     - ­No entiendo- ­dijo y había  espanto en su sorprensa.
    ­- No es necesario que entiendas -­dije y alcé el arma.
    ­- Hay un error ­-dijo, casi suplicante­-. Tiene que haber un error.
    Dije que en estos casos nunca hay errores y apreté el gatillo. Se oyó un sonido corto y seco. Mercedes intentó decir algo, pero todo quedó reducido a un gesto de dolor y desconcierto. En mitad de su frente, casi a la altura de sus cejas, comenzó a bajar un hilo de sangre. Di un paso atrás y vi cómo su bello cuerpo se derrumbaba para siempre. Con ternura la llevé hasta el rincón más escondido de la cueva y la cubrí con cenizas de lava. Me sacudí las manos y la ropa, comprobé que no había señales delatorias y caminé rápido hacia donde estaba el contingente. Habían pasado menos de diez minutos. Nadie reparó en su ausencia: estaban encantados jugando con el eco, una de las maravillas de esa cueva de la muerte.
    Los pasos siguientes serían de pura rutina: debía desprenderme del arma y de la documentación fraguada. En Barcelona tendría tiempo de afeitar mi barba tirar a la basura los anteojos de falso documento. Entré en el hotel pensando en una ducha fría. Iba a pedir la llave de mi cuarto, cuando una voz femenina, sus palabras, me enmudecieron.
     - ­Me llamo Mercedes Gasset - dijo-­, hay una reserva a mi nombre. Tenía que haber llegado ayer.
    Giré la cabeza y la vi. Ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro: era mi víctima, la real, que llegaba con un día de atraso. Pidió un whisky. Pensé en Patricia, sola en la Cueva de los Verdes, cubierta de ceniza de lava; sentí un odio feroz por esta impostora e imaginé para ella un final innoble e inmediato. Diga lo que diga De Quincey, no hay que dejar las cosas para el día siguiente. Me acerqué y le dije que ése no era el mejor modo de combatir la ansiedad. Sonrió.


                                             del libro "El final de la calle", de Vicente Battista


     



viernes, 27 de septiembre de 2019

Rodolfo Walsh "En defensa propia"

En defensa propia


Rodolfo Walsh
(1927 - desaparecido en Buenos Aires; 25 de marzo de 1977)

–Yo, a lo último, no servía para comisario –dijo Laurenzi, tomando el café que se le había enfriado–. Estaba viendo las cosas, y no quería verlas. Los problemas en que se mete la gente, y la manera que tiene de resolverlos, y la forma en que yo los habría resuelto. Eso, sobre todo. Vea, es mejor poner los zapatos sobre el escritorio, como en el biógrafo, que las propias ideas. Yo notaba que me iba poniendo flojo, y era porque quería pensar, ponerme en el lugar de los demás, hacerme cargo. Y así hice dos o tres macanas, hasta que me jubilé. Una de esas macanas es la que le voy a contar.
Fue allá por el cuarenta, y en La Plata. –Eso le indica –murmuró con sarcasmo, mirando la plaza llena de sol a través de la ventana del café– que mi fortuna política estaba en ascenso, porque usted sabe cómo me han tenido a mí, rodando por todos los destacamentos y comisarías de la provincia. La fecha justa también se la puedo decir. Era la noche de San Pedro y San Pablo, el 29 de junio. ¿No le hace gracia que aún hoy se prendan fogatas ese día?
–Es por el solsticio estival –expliqué modestamente.
–Usted quiere decir el verano. El verano de ellos que trajeron de Europa la fiesta y el nombre de la fiesta.
–Desconfíe también del nombre, comisario. Eran antiguos festivales celtas. Con el fuego ayudaban al sol a mantenerse en el camino más alto de cielo.
–Será. La cuestión es que hacía un frío que no le cuento. Yo tenía un despacho muy grande y una estufita de kerosén que daba risa. Fíjese, había momentos en que lo que más deseaba era ser de nuevo un simple vigilante, como cuando empecé, tomar mate o café con ellos en la cocina, donde seguramente hacía calor y no se pensaba en nada.
Serían las diez de la noche cuando sonó el teléfono. Era una voz tranquila, la voz del juez Reynal, diciendo que acababa de matar un ladrón en su casa, y que si yo podía ir a ver. Así que me puse el perramus y fui a ver.
Con los jueces, para qué lo voy a engañar, nunca me entendí. La ley de los jueces siempre termina por enfrentarlo a uno con un malandra que esa noche tiene más suerte, o mejor puntería, o un poco más de coraje que seis meses antes, o dos años antes, cuando uno lo vio por última vez con una vereda y una 45 de por medio. Uno sabe cómo entran, cómo no va a saber, después de verlo llorando y, si se descuida, pidiendo por su madre. Lo que no sabe, es cómo salen. Después hasta le piden fuego por la calle, y usted se calla y se va a baraja porque se palpita que hay un chiste en alguna parte, y no vaya a resultar que el chiste es a costa suya.
Iba pensado en estas cosas mientras caminaba entre las fogatas que la garúa no terminaba de apagar, esquivando los buscapiés de la juventud que también festejaba, como dice usted, lo alto que andaba el sol y, seguramente, la cosecha próxima, y los campos llenos de flores. Para distraerme, empecé a recordar lo que sabía del doctor Reynal. Era el juez de instrucción más viejo de La Plata, un caballero inmaculado y todo eso, viudo, solo e inaccesible.
Entré por un portoncito de fierro, atravesé el jardín mojado, recuerdo que había unas azaleas que empezaban a florecer y unos pinos que chorreaban agua en la sombra. La cancela estaba abierta, pero había luz en una ventana y seguí sin tocar el timbre. Conocía la casa, porque el doctor solía llamarnos cada tanto, para ver cómo andaba un sumario o para darnos un sermón. Tenía ojos de lince para los vicios de procedimiento, la sangre de sus venas pasaba por el código y no se cansaba de invocar la majestad de la justicia, la de antes. Y yo que hasta tengo que cuidar la ortografía, y no hablo de los vicios de procedimiento ya va a ver. Pero yo no era el único. Conozco algunos que pretendían tomarlo en farra, pero se les caían las medias cuando tenían que enfrentarlo.
Y es que era un viejo imponente, con una gran cabeza de cadáver porque año a año la cara se le iba chupando más y más, hasta que la piel parecía pegada a los huesos, como si no quisiera dejarle nada a la muerte. Así lo recuerdo esa noche, vestido de negro y con un pañuelo de seda al cuello.
Con este hombre yo me guardaba un viejo entripado, porque una vez en la misma comisaría, adonde llegó como bala me soltó al tuerto Landívar, que tenía dos muertes sin probar, y más tarde iba a tener otra. Nunca olvidé lo que me dijo Es mejor que ande suelto un asesino, y no una ruedita de la justicia. ¿Y el peligro? –le pregunté. El peligro lo corremos todos–dijo. Pero fui yo el que tuve que matarlo a Landívar, cuando al fin hizo la pata ancha en los galpones de Tolosa, y yo me acordé del doctor, del doctor y de su madre.
El comisario se agarró el mentón y meneó la cabeza. Como si se riera de alguna ocurrencia secreta, y después soltó una verdadera carcajada, una risa asmática y un poco dolorosa.
–Bueno, ahí estaba sentado ante su escritorio, como si nada hubiera pasado, absorto en uno de esos libracos de filosofía, o vaya a saber qué, pero en todo caso algo importante, porque apenas alzó la cabeza al verme en la puerta y siguió leyendo hasta que llegó al final de un párrafo que marcó con una uña afilada y como de vidrio. Tuve tiempo de sacarme el sombrero mojado, de pensar dónde lo pondría, de ver el bulto en el suelo, que era un hombre, de codearme con un jinete de bronce y, en general, de sentirme como un auxiliar tercero que lo van a amonestar. Recién entonces el viejo cerró el libro, cruzó los dedos y se quedó mirándome con esos ojos que siempre parecían estar haciendo la seña del as de espadas.
Le pregunté, de buen modo, qué quería que hiciera. Contestó que yo sabía cuál era mi deber, que yo conocía o debía conocer el Código de Procedimientos, que desde ya su reemplazante de turno era el doctor Fulano, y que no lo tomara a mal si, ya que estaba, observaba con interés profesional la forma en que yo encauzaba el sumario.
Le aseguré que no faltaba más. Le dije si estaba bien que le hiciera una inspección ocular. Hizo que sí con la cabeza. ¿Y que le preguntara algunas cosas y que lo tuviese demorado hasta que el doctor fulano dispusiera lo contrario? Entonces se echó a reír y comentó “Muy bien, muy bien, eso me gusta”.
Moví con el pie la cara del muerto, que estaba boca abajo frente al escritorio, y me encontré con un antiguo conocido, Justo Luzati, por mal nombre El Jilguero, y también El Alcahuete, con fama de cantor y de otras cosas que en su ambiente nadie apreciaba. Supe tratarlo bastante en un tiempo, hasta que lo perdí de vista en un hospital, pobre tipo.
Pero resultaba bueno verlo muerto así, al fin con un gesto de hombre en la cara flaca donde parecía faltarle unos huesos y sobrarle otros, y un 32 empuñado a lo hombre en la mano derecha, y todavía ese gesto bravío de apretar el gatillo a quemarropa, cuando ya le iban a tirar, o le estaban tirando, y le tiraron nomás y el plomo del 38 que el doctor sacó de algún cajón lo sentó de traste. Y entonces se acostó despacio a lagrimear un poco y a morir.
Pero ese viejo, era cosa de ver, o de imaginar, la sangre fría, de ese viejo. Dejó el 38 sobre la mesa, con cuidado porque era una prueba. Me llamó por teléfono, sin levantarse siquiera, porque no había que tocar nada. Y siguió leyendo el libro que leía cuando entró Luzati.
–¿Lo conoce doctor? –le pregunté.
–Nunca lo había visto.
Entonces, mientras lo estaba mirando, descubrí ese estropicio en la biblioteca que tenía detrás de él.
–¿Y de eso –señalé –no pensaba decirme nada?
–Usted tiene ojos –respondió.
Había una hilera de tomos encuadernados en azul, creo que era la colección de La Ley. Y uno estaba medio destripado, le salían serpentinas y plumitas de papel, y al lado había un marco de plata boca abajo, un retrato con la foto y el vidrio perforados.
–Quédese quieto, doctor, no se mueva–le previne y le di la vuelta al escritorio, me paré donde se había parado Luzati, donde todavía estaba el agua de sus zapatos y desde allí miré al viejo, y luego detrás del viejo, y nuevamente esa cara cadavérica y severa. Pero él me corrigió: –Un poquito más a la izquierda –dijo.
–¿Qué se siente, doctor, cuando a uno le erran por tan poco?
–No se siente nada–contestó –y usted lo sabe.
Entonces me agaché, saqué el 32 de entre los dedos de Luzati, abrí el tambor y allí estaba la cápsula picada y el resto de la carga completa, y hasta el olor de la pólvora fresca. Todo listo y empaquetado para el gabinete Vucetich, donde seguramente iban a encontrar que el plomo de la biblioteca correspondía al 32, y que el ángulo de tiro estaba bien, y todo estaba bien, y se lo iban a ilustrar con dibujitos y rayas coloradas, verdes y amarillas para probar nomás que el doctor había matado en defensa propia. Puse el 32 junto al otro, sobre el escritorio, y fue entonces cuando él me oyó decir “Qué raro” y me miró sin moverse.
–¿Qué raro doctor?–le dije caminando otra vez hacia la biblioteca –que usted, que solía tener tan buena memoria, se haya olvidado de este pájaro cantor. Porque si a mí no me falla, hace cuatro años usted sentenció en una causa Vallejo contra Luzati por tentativa de extorsión.
Él se echó a reír.
–¿Y eso? –dijo –. Como si yo fuera a acordarme de todas las sentencias que dicto.
–Entonces tampoco recordará que en el treinta lo condenó por tráfico de drogas.
Me pareció que daba un brinco, que iba a pararse, pero se contuvo, porque era un viejo duro, y apenas se pasó una mano por la frente.
–En el treinta –murmuró –. Puede ser. Son muchos años. Pero usted quiere decir que no vino a robar sino a vengarse.
–Todavía no se lo quiero decir. Pero qué raro, doctor. Qué raro que este infeliz, que nunca asaltó a nadie, porque era una rata, un pobre diablo que hoy se puso la mejor ropa para venir a verlo a usted –alguien que vivía de la pequeña delación, del pequeño chantaje, del pequeño contrabando de drogas; alguien que si llevaba un arma encima era para darse coraje –, que ese tipo, de golpe, se convierta en asaltante y venga a asaltarlo a usted…
Entonces él cambió de postura por primera vez, giró con el sillón, y me vio con el retrato entre las manos, ese retrato de una muchacha lejana, inocente y dulce, si no fuera por los ojos que eran los ojos oscuros y un poco fanáticos del juez, esa cara que sonreía desde lejos aunque estaba destrozada de un tiro certero, porque el vencido amor y la sombra del odio que le sigue tienen una infalible puntería.
Le devolví el retrato, le dije: –Guárdelo. Esto no tiene por qué figurar aquí y me senté en cualquier parte sin pedirle permiso, pero no porque le hubiera perdido el respeto, sino porque necesitaba pensar y hacerme cargo y estar solo. Pensar, por ejemplo, en esa cara que yo había visto dos años antes en una comisaría de Mar del Plata, esa cara devastada, ya no inocente, repetida en la foto de un prontuario donde decía simplemente Alicia Reynal, toxicómana, etc. Pero cuando pasó un rato muy largo, lo único que se me ocurrió decirle fue:
–¿Hace mucho que no la ve?
–Mucho –dijo, y ya no habló más, y se quedó mirando algo que no estaba.
Entonces volví a pensar, y ahí debió ser cuando descubrí que ya no servía para comisario. Porque estaba viendo todo, y no quería verlo. Estaba viendo cómo El Alcahuete había conocido a aquella mujer, y hasta le había vendido marihuana o lo que sea, y de golpe, figúrese usted, había averiguado quién era. Estaba viendo con qué facilidad se le ocurrió extorsionar al padre, que era un hombre inmaculado, un pilar de la sociedad, y de paso cobrarse las dos temporadas que estuvo en Olmos. Estaba viendo cómo el viejo lo esperó con el escenario listo, el tiro que él mismo disparó –un petardo más en esa noche de petardos –contra la biblioteca y contra aquel fantasma del retrato. Estaba viendo el 32 descargado sobre el escritorio, para que Luzati lo manoteara a último momento y hasta apretara el gatillo cuando el viejo le apuntó. Y lo fácil que fue después abrir el tambor y volver a cargarlo, sin sacarlo de las manos del muerto, que era donde debía estar. Estaba viendo todo, pero si pasaba un rato más ya no iba a ver nada, porque no quería ver nada. Aunque al fin me paré y le dije:
–No sé lo que va a hacer usted, doctor, pero he estado pensando en lo difícil que es ser un comisario y lo difícil que es ser un juez. Usted dice que este hombre quiso asaltarlo y que usted lo madrugó. Todo el mundo le va a creer y, yo mismo, si mañana lo leo en el diario, es capaz que lo creo. Al fin y al cabo, es mejor que ande suelto un asesino, y no una ruedita de la compasión. Era inútil. Ya no me escuchaba. Al salir me agaché por segunda vez junto al Alcahuete y, de un bolsillo del impermeable, saqué la pistola de pequeño calibre que sabía que iba a encontrar allí y me la guardé. Todavía la tengo. Habría parecido raro, un muerto con dos armas encima. El comisario bostezó y miró su reloj. Le esperaban a almorzar.
–¿Y el juez? –pregunté.
–Lo absolvieron. Quince días después renunció, y al año se murió de una de esas enfermedades que tienen los viejos.   
Rodolfo Walsh
                                                     

Conrado Nalé Roxlo "Las nuevas aventuras del Padre Brown"



Nuevas aventuras del Padre Brown
Conrado Nalé Roxlo
(1898-1971)

Muchas son las razones que pueden determinar a un caballero inglés a embarcarse en el puerto de Liverpool con rumbo a Australia.  No es la menos frecuente el deseo de ver a los canguros saltando en su propia salsa, pues el inglés medio carece de imaginación al extremo de tener que hacer largos viajes para tener una idea aproximada de un canguro, un templo budista o cualquier otra fantasía de Dios o de los hombres…Ahora bien, si este inglés pertenece a la llamada clase comercial, es probable que haga ese viaje para vender a los australianos paños de Manchester fabricados por ellos mismos, pues si el inglés carece de fantasía, sabe en cambio explotar en beneficio propio la ajena.  También es posible que si este inglés, por extraña coincidencia, es una bailarina, haga el viaje para mostrar las piernas en los teatros de Melbourne y Sidney.  Pero como el padre Brown no se hallaba en ninguno de estos casos, ni tenía otras razones poderosas para ir a Australia, se dirigía acompañado por su amigo Flambeau en una clara mañana de primavera hacia la residencia campestre de Lord Brandy, situada entre las verdes colinas del condado de York.  Debía oír en confesión al viejo Lord, que se hallaba bastante grave a consecuencia de haber recibido en plena nariz la pelota que, jugando al golf, lanzara con su potente brazo el primer ministro Macdonald, lo que hizo decir a Bernard Shaw la tontería de que el gobierno laborista estaba más fuerte que nunca.
El padre Brown y Flambeau iban a pie, según su costumbre. 
El curita estaba alegre, como lo demostraba el humo que se escapaba de su enorme pipa, dibujando retozonas figuras en el cielo azul de la mañana dominical.
- Mire usted – le dijo Flambeau, parándose de golpe y señalando con su grueso índice una mancha oscura y movible que se destacaba sobre lo verde de un prado.
El padre Brown se empinó sobre las puntas de los pies, hizo pantalla de la mano, miró un momento en la dirección indicada y luego echó a correr.
- ¡Padre, padre! ¿Dónde va usted?
El curita se ató la sotana a la cintura para dar mayor libertad a sus movimientos y, sin dejar de correr, le respondió:
- Amigo Flambeau: todo dedo que señala puede ser el dedo del Destino.
Flambeau inclinó la cabeza y corrió tras él.
Cuando llegaron, vieron que la mancha movible y oscura no era otra cosa que un corro de gente en torno a un hombre que yacía en la tierra.  Le hicieron sitio y un hombre se destacó del corro y le tendió la mano a tiempo que le decía:
- Llega usted como llovido del cielo, pues este es el más endiablado crimen en que me ha tocado actuar.
Era el inspector Smith, de la policía de Scotland Yard, que estimaba mucho al padre Brown desde que éste le ayudó a descubrir al sobrino de Jack, el Destripador, que también destripaba lo suyo.
El padre Brown sonrió y le dijo:
- Es verdad, Smith, llego caído del cielo; pero esto no debe extrañarle a usted, que es un cristiano viejo, pues todo lo que hay en el mundo y el mundo mismo ha caído del cielo.
- Amén – murmuró Flambeau.
. ¿Está muerto? – preguntó el sacerdote.
- Eso hemos creído de primera intención, considerando que la cabeza se halla separada del cuerpo unas quince pulgadas.
- Smith – dijo el padre Brown poniéndole una mano en el hombro -, es usted hombre sagaz y capaz de darse cuenta de una situación, por compleja que esta sea, de una sola ojeada.  Pero ¿está usted seguro de que se trata de un crimen?
- He ahí la hoz que sirvió para degollarlo.
- ¿Ha observado usted – preguntó el padre Brown, sin tomar en cuenta las palabras del policía – la forma de la nariz de este hombre, se ha fijado usted si sus ojo son redondos y están muy.- No…
- Pues dé vuelta usted esa cabeza y veamos.
Cuando un agente uniformado levantó la cabeza del decapitado y la mostró a los presentes, de todas las bocas salió el mismo grito:
- ¡Oh, un pájaro!
Efectivamente, la cabeza se parecía de un modo extraño a la de un ave, parecido que aumentaba el hecho de tener la nariz muy roja, como de ciertos papagayos de América y ciertos borrachos de todo el mundo.
- No hay crimen – dictaminó el curita -, y, si lo hay, es un crimen cuyo autor no caerá nunca en sus manos, Smith.
- No lo entiendo a usted, padre – murmuró el inspector.
- Tampoco entienden los niños de la doctrina el misterio de la Trinidad, y no por eso la Trinidad deja de ser un hecho tan evidente como la columna de Nelson o los huevos con jamón que me sirvieron de desayuno.
- Amén – murmuró Flambeau.
- ¿Quiere usted convencerse, Smith? Mire – y el padre Brown señaló a la garganta del cadáver, agregando -: ¿cómo se llama a esa clase de cuellos?
- Palomita – respondieron varios elegantes del corro.
- Muy bien.  Ahora fíjense ustedes en el jaquet de ese cadáver.  Pero así no lo pueden apreciar en toda su misteriosa significación.  Ayúdenme a quitárselo.
Cuando tuvo la prenda en la mano, pasó revista lentamente a todos los que allí estaban, y, después de detenido el examen, dijo a un joven vestido de tennisman, cuya estatura y grueso coincidían con los del muerto:
- ¿Quiere usted tener la bondad de quitarse la chaqueta y ponerse un momento este jaquet?...Bien, ahora haga el favor de alcanzarme la pipa – y diciendo esto arrojó su pipa a veinte pasos de distancia.  El joven obedeció.  Todos los miraban sin entender.
- Hágame usted el favor de ir saltando en un pie – dijo el curita.  Y preguntó, volviéndose a los presentes:
- ¿A qué se parece?
- ¡A una golondrina!
- Exactamente.  Ahora miren hacia la derecha. ¿Qué hay?
- Un espantapájaros…
- Ni más ni menos.  Por lo tanto, Smith, no busque usted al criminal…a menos que detenga por complicidad inconsciente al camisero que le vendió este cuello, al sastre de Londres que le hizo ese jaquet, al hortelano que puso ese espantapájaros…y al Destino que le dio esa cara ornitológica. Pero veo que no me entiende usted. Este hombre tenía cara de pájaro, lo que quiere decir que tenía también alma de pájaro, ya que, como todo el mundo sabe, la cara es el espejo del alma.  Sin darse él mismo cuenta, llevado por su íntima esencia, se ponía cuellos de palomita; por su deseo secreto o manifestado, el sastre le cortaba los jaquets sobre el molde de la cola de las golondrinas; se peinaba en forma de cresta, y, sin mayores investigaciones, con sólo ver su nariz se comprende que era aficionado al alpiste.  Sigan ustedes mi explicación. Este hombre – ave se encontró solo en el campo, su naturaleza ornitológica se impuso y posiblemente iba diciendo chiu – chirrichichiu, cuando vio el espantapájaros, se asustó y echó a correr…Lo demás está bien claro, tropezó y cayó sobre la hoz olvidada, degollándose.  Es un crimen, si usted quiere; pero un crimen cometido en defensa propia por la especie, un semihumano, como los centauros, como las sirenas que han tenido que desaparecer para dejar bien aclarada, y que no haya lugar a confusiones, la semejanza del hombre con Dios, que lo creó a su imagen.
Y el padre Brown hizo a los presentes una graciosa reverencia y se alejó del brazo de su inseparable amigo, el ex ladrón Flambeau.
                                                                                       
                                              Conrado Nalé Roxlo, en Antología apócrifa.


Vocabulario:

Bernard Shaw, George: (1856-1950) escritor y dramaturgo inglés.
Laborista: uno de los partidos políticos tradicionales de Inglaterra.
Corro: cerco que forma la gente para hablar.
Scotland Yard: policía metropolitana de Londres.
Hoz: instrumento compuesto de una hoja acerada, curva, con dientes muy agudos y cortantes o con filo en la parte cóncava.
Columna de Nelson: monumento emplazado en el centro de Londres para conmemorar la victoria del almirante Nelson en la batalla de Trafalgar, en 1805.
Jaquet: saco de cola, prenda de vestir elegante.
Tennisman: Jugador de tenis.
Ornitológico: relativo a las aves.

Conrado Nalé Roxlo. 
Fue un escritor, periodista, guionista y humorista argentino. Se destacó sobre todo por el humor de sus numerosos artículos periodísticos, firmados con el seudónimo de Chamico y publicados en la revista El Hogar.

PADRE BROWN

Roberto Arlt "El crimen casi perfecto"




El crimen casi perfecto

Roberto Arlt

La coartada de los tres hermanos de la suicida fue verificada. Ellos no habían mentido. El mayor, Juan, permaneció desde las cinco de la tarde hasta las doce de la noche (la señora Stevens se suicidó entre las siete y las diez de la noche) detenido en una comisaría por su participación imprudente en una accidente de tránsito. El segundo hermano, Esteban, se encontraba en el pueblo de Lister desde las seis de la tarde de aquel día hasta las nueve del siguiente, y, en cuanto al tercero, el doctor Pablo, no se había apartado ni un momento del laboratorio de análisis de leche de la Erpa Cía., donde estaba adjunto a la sección de dosificación de mantecas en las cremas.
Lo más curioso del caso es que aquel día los tres hermanos almorzaron con la suicida para festejar su cumpleaños, y ella, a su vez, en ningún momento dejó de traslucir su intención funesta. Comieron todos alegremente; luego, a las dos de la tarde, los hombres se retiraron.


Sus declaraciones coincidían en un todo con las de la antigua doméstica que servía hacía muchos años a la señora Stevens. Esta mujer, que dormía afuera del departamento, a las siete de la tarde se retiró a su casa. La última orden que recibió de la señora Stevens fue que le enviara por el portero un diario de la tarde. La criada se marchó; a las siete y diez el portero le entregó a la señora Stevens el diario pedido y el proceso de acción que ésta siguió antes de matarse se presume lógicamente así: la propietaria revisó las adiciones en las libretas donde llevaba anotadas las entradas y salidas de su contabilidad doméstica, porque las libretas se encontraban sobre la mesa del comedor con algunos gastos del día subrayados; luego se sirvió un vaso de agua con whisky, y en esta mezcla arrojó aproximadamente medio gramo de cianuro de potasio. A continuación se puso a leer el diario, bebió el veneno, y al sentirse morir trató de ponerse de pie y cayó sobre la alfombra. El periódico fue hallado entre sus dedos tremendamente contraídos.

Tal era la primera hipótesis que se desprendía del conjunto de cosas ordenadas pacíficamente en el interior del departamento pero, como se puede apreciar, este proceso de suicidio está cargado de absurdos psicológicos. Ninguno de los funcionarios que intervinimos en la investigación podíamos aceptar congruentemente que la señora Stevens se hubiese suicidado.
Sin embargo, únicamente la Stevens podía haber echado el cianuro en el vaso. El whisky no contenía veneno. El agua que se agregó al whisky también era pura. Podía presumirse que el veneno había sido depositado en el fondo o las paredes de la copa, pero el vaso utilizado por la suicida había sido retirado de un anaquel donde se hallaba una docena de vasos del mismo estilo; de manera que el presunto asesino no podía saber si la Stevens iba a utilizar éste o aquél. La oficina policial de química nos informó que ninguno de los vasos contenía veneno adherido a sus paredes.

El asunto no era fácil. Las primeras pruebas, pruebas mecánicas como las llamaba yo, nos inclinaban a aceptar que la viuda se había quitado la vida por su propia mano, pero la evidencia de que ella estaba distraída leyendo un periódico cuando la sorprendió la muerte transformaba en disparatada la prueba mecánica del suicidio.
Tal era la situación técnica del caso cuando yo fui designado por mis superiores para continuar ocupándome de él. En cuanto a los informes de nuestro gabinete de análisis, no cabían dudas.
Únicamente en el vaso, donde la señora Stevens había bebido, se encontraba veneno. El agua y el whisky de las botellas eran completamente inofensivos. Por otra parte, la declaración del portero era terminante; nadie había visitado a la señora Stevens después que él le alcanzó el periódico; de manera que si yo, después de algunas investigaciones superficiales, hubiera cerrado el sumario informando de un suicidio comprobado, mis superiores no hubiesen podido objetar palabra. Sin embargo, para mí cerrar el sumario significaba confesarme fracasado. La señora Stevens había sido asesinada, y había un indicio que lo comprobaba: ¿dónde se hallaba el envase que contenía el veneno antes de que ella lo arrojara en su bebida?
Por más que nosotros revisáramos el departamento, no nos fue posible descubrir la caja, el sobre o el frasco que contuvo el tóxico. Aquel indicio resultaba extraordinariamente sugestivo.
Además había otro: los hermanos de la muerta eran tres bribones.
Los tres, en menos de diez años, habían despilfarrado los bienes que heredaron de sus padres. Actualmente sus medios de vida no eran del todo satisfactorios.
Juan trabajaba como ayudante de un procurador especializado en divorcios. Su conducta resultó más de una vez sospechosa y lindante con la presunción de un chantaje. Esteban era corredor de seguros y había asegurado a su hermana en una gruesa suma a su favor; en cuanto a Pablo, trabajaba de veterinario, pero estaba descalificado por la Justicia e inhabilitado para ejercer su profesión, convicto de haber dopado caballos. Para no morirse de hambre ingresó en la industria lechera, se ocupaba de los análisis.
Tales eran los hermanos de la señora Stevens. En cuanto a ésta, había enviudado tres veces.
El día del “suicidio” cumplió 68 años; pero era una mujer extraordinariamente conservada, gruesa, robusta, enérgica, con el cabello totalmente renegrido. Podía aspirar a casarse una cuarta vez y manejaba su casa alegremente y con puño duro. Aficionada a los placeres de la mesa, su despensa estaba provista de vinos y comestibles, y no cabe duda de que sin aquel “accidente” la viuda hubiera vivido cien años. Suponer que una mujer de ese carácter era capaz de suicidarse, es desconocer la naturaleza humana. Su muerte beneficiaba a cada uno de los tres hermanos con doscientos treinta mil pesos.
La criada de la muerta era una mujer casi estúpida, y utilizada por aquélla en las labores groseras de la casa. Ahora estaba prácticamente aterrorizada al verse engranada en un procedimiento judicial.
El cadáver fue descubierto por el portero y la sirvienta a las siete de la mañana, hora en que ésta, no pudiendo abrir la puerta porque las hojas estaban aseguradas por dentro con cadenas de acero, llamó en su auxilio al encargado de la casa. A las once de la mañana, como creo haber dicho anteriormente, estaban en nuestro poder los informes del laboratorio de análisis, a las tres de la tarde abandonaba yo la habitación donde quedaba detenida la sirvienta, con una idea brincando en mi imaginación: ¿y si alguien había entrado en el departamento de la viuda rompiendo un vidrio de la ventana y colocando otro después que volcó el veneno en el vaso? Era una fantasía de novela policial, pero convenía verificar la hipótesis.

Salí decepcionado del departamento. Mi conjetura era absolutamente disparatada: la masilla solidificada no revelaba mudanza alguna.
Eché a caminar sin prisa. El “suicidio” de la señora Stevens me preocupaba (diré una enormidad) no policialmente, sino deportivamente.
Yo estaba en presencia de un asesino sagacísimo, posiblemente uno de los tres hermanos que había utilizado un recurso simple y complicado, pero imposible de presumir en la nitidez de aquel vacío.
Absorbido en mis cavilaciones, entré en un café, y tan identificado estaba en mis conjeturas, que yo, que nunca bebo bebidas alcohólicas, automáticamente pedí un whisky. ¿Cuánto tiempo permaneció el whisky servido frente a mis ojos? No lo sé; pero de pronto mis ojos vieron el vaso de whisky, la garrafa de agua y un plato con trozos de hielo. Atónito quedé mirando el conjunto aquel. De pronto una idea alumbró mi curiosidad, llamé al camarero, le pagué la bebida que no había tomado, subí apresuradamente a un automóvil y me dirigí a la casa de la sirvienta. Una hipótesis daba grandes saltos en mi cerebro. Entré en la habitación donde estaba detenida, me senté frente a ella y le dije:
– Míreme bien y fíjese en lo que me va a contestar: la señora Stevens, ¿tomaba el whisky con hielo o sin hielo?
-Con hielo, señor.
-¿Dónde compraba el hielo?
– No lo compraba, señor. En casa había una heladera pequeña que lo fabricaba en pancitos. –Y la criada casi iluminada prosiguió, a pesar de su estupidez.- Ahora que me acuerdo, la heladera, hasta ayer, que vino el señor Pablo, estaba descompuesta. Él se encargó de arreglarla en un momento.

Una hora después nos encontrábamos en el departamento de la suicida con el químico de nuestra oficina de análisis, el técnico retiró el agua que se encontraba en el depósito congelador de la heladera y varios pancitos de hielo. El químico inició la operación destinada a revelar la presencia del tóxico, y a los pocos minutos pudo manifestarnos: – El agua está envenenada y los panes de este hielo están fabricados con agua envenenada.

Nos miramos jubilosamente. El misterio estaba desentrañado. Ahora era un juego reconstruir el crimen. El doctor Pablo, al reparar el fusible de la heladera (defecto que localizó el técnico) arrojó en el depósito congelador una cantidad de cianuro disuelto. Después, ignorante de lo que aguardaba, la señora Stevens preparó un whisky; del depósito retiró un pancito de hielo (lo cual explicaba que el plato con hielo disuelto se encontrara sobre la mesa), el cual, al desleírse en el alcohol, lo envenenó poderosamente debido a su alta concentración. Sin imaginarse que la muerte la aguardaba en su vicio, la señora Stevens se puso a leer el periódico, hasta que juzgando el whisky suficientemente enfriado, bebió un sorbo. Los efectos no se hicieron esperar.

No quedaba sino ir en busca del veterinario. Inútilmente lo aguardamos en su casa. Ignoraban dónde se encontraba. Del laboratorio donde trabajaba nos informaron que llegaría a las diez de la noche.
A las once, yo, mi superior y el juez nos presentamos en el laboratorio de la Erpa. El doctor Pablo, en cuanto nos vio comparecer en grupo, levantó el brazo como si quisiera anatemizar nuestras investigaciones, abrió la boca y se desplomó inerte junto a la mesa de mármol.

Había muerto de un síncope. En su armario se encontraba un frasco de veneno. Fue el asesino más ingenioso que conocí.




«El juego de la búsqueda de detectives famosos»


«El juego de la búsqueda de detectives famosos»

Condiciones para el juego:
Identificar a los detectives de los cuales se proporcionan algunos datos a continuación.
·         Podrán usar internet o diccionarios enciclopédicos.
·         El juego se planteará de un día para el otro. El ganador será el que consiga averiguar la identidad de la mayor cantidad de detectives de ficción.
·         Los alumnos deberán determinar:
-Nombre del detective.
-Nombre de su creador.
-Título de al menos un cuento o una novela que haya protagonizado.


Datos sobre los detectives buscados:
1. Detective nacido en Santa Rosa, California. Hombre duro y honesto. Juega al ajedrez. Tuvo una oficina un tiempo en el Cahuenga Building. Se enamoró de una millonaria llamada Linda Loring.
2. Detective encarcelado en el penal de la calle Las Heras, en Buenos Aires. Ex peluquero. Ocupa la ya clásica celda 273, acusado de un crimen que no cometió. Es visitado generalmente por Gervasio Montenegro o Mariana Ruiz Villalba de Muñagorri, entre otros.
3. Sacerdote católico que resuelve crímenes. Suele llevar un paraguas. Alguna vez colaboró con Flambeau, criminal francés devenido detective. 
4. Detective profesional cuyo socio, Miles Archer, fue asesinado en extrañas circunstancias. Su primera y más famosa aventura fue llevada al cine por John Huston.
5. Famoso detective inglés que vive en Baker Street. Mientras no trabaja en ningún caso, se entrega a la inactividad y a tocar el violín.
6. Detective privado belga, bajo y robusto, que trabaja principalmente en Inglaterra. En muchas oportunidades recibió la ayuda del capitán Hastings, ex oficial inglés que lo abandonó finalmente para radicarse en la Argentina. 
7. Sargento experto en el cultivo de rosas, que intervino en la que quizás sea la primera novela policial de la historia. El caso que debía resolver era la desaparición de un diamante llamado la piedra lunar.
8. Comisario de la Policía Judicial del París. Investiga lentamente, intentando comprender el modo de vida de víctimas y criminales. Sus subalternos más fieles son los detectives Janvier y Lapointe, y el sargento Lucas, todos creados por un muy prolífico escritor belga.
9. Personaje obeso y excéntrico que se dedica a cultivar orquídeas y a beber cerveza en grandes cantidades. Muy interesado en el dinero. Resuelve casos por medio de su empleado, Archie Goodwin.
10. Hermano de un famoso detective inglés, que muy de vez en cuando investiga algún caso. Es socio del Club Diógenes.
11. Abogado defensor que se especializa en salvar a sus clientes, quienes, por lo general, no le dicen la verdad, pero son inocentes. Está dispuesto a manipular la ley todo lo necesario para salvar a sus defendidos. Fue protagonista de series de TV, programas de radio y películas. Su secretaria se llama Della Street.
12. Anciana soltera que resuelve crímenes de modo amateur. Vive en el pequeño pueblo de St. Mary Mead.


Luego de determinar quién es el ganador, conversen entre todos sobre las estrategias que usó cada uno para buscar a los detectives.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Velmiro Ayala Gauna "El accidente"



El accidente 

Velmiro Ayala Gauna
(1905-1967)

Era una mañana de invierno y ráfagas frías venían, a ratos, desde el río próximo. El personal policíaco de Capibara-Cué se hallaba reunido en el salón principal de la comisaría, alrededor de un brasero improvisado con una vieja lata de querosene, que a la vez que entibiaba el ambiente, servía para mantener en su punto la temperatura del agua de la pava con la cual el agente Ojeda cebaba interminables mates a sus superiores.
Don Frutos terminó de sorber uno de ellos y dijo socarrón:
—Este mate no se parece nicó a la cara 'e Leiva.
—¿Por qué pa, don Fruto?
—Porque el mate está lavao y tu cara no.
Presintiendo una broma, el aludido inquirió, desde adentro del capote en que encerraba su frío:
—Salga d'ahí, comesario, si bien tempranito lo hise porque no le tengo miedo al agua…
Pensó un momento y luego agregó:
—El que parece que se ha pegao a laj sábana es l'ufisial, porque ya son laj ocho pasada y no viene.
Tal si lo hubiese oído, en ese momento se abrió la puerta del local y el oficial Arzásola entró frotándose las manos, saludó y se sentó en una silla próxima a la de su superior.
Don Frutos dejó que se confortara con un mate y, luego, al ver que permanecía pensativo observando el chisporretear de las brasas, le dijo:
—¿Ansí que don Filemón no te quiere pa yerno?
Arzásola se dio vuelta como picado por una víbora y abrió los ojos asombrados.
—¿Có… cómo lo supo?
— ¡Bah! Es cosa fácil, chamigo. Vo que so má puntual que el canto 'l gallo a la madrugada, hoy llegaste tarde y con cara 'e sueño, por lo que supuse que algo te tuvo desvelao hasta muy tarde…
—Pero hay muchas cosas que pudieron haberlo hecho.
—Sí, pero yo pensé… Por trabajo no es, porque yo que soy el jefe tendría que saberlo; por cuestiones 'e familia tampoco, porque hase tre día pasó '1 barco y resibiste una carta que te hiso ni fu ni fa… Entonse tendría que ser algo 'e acá y en el pueblo l’único que te tiene a mal traer es Isabel, l'hija 'e don Filemón, pues…
Calló un momento, para poner fin con una sonora chupada al mate, y prosiguió:
—La muchacha es oro 'e ley… Es güeña y te quiere, ansí que ella tampoco pedería ser. Vo so un muchacho estruido, trabajador y sin visios, de manera que la sola cosa que pueden tacharte es que sos pobre… y eso nadie puede haserlo sino el viejo File…
—Así es, don Frutos, dice que no tengo porvenir y me prohibió que siguiera yendo a su casa.
—¿Viste? Si no podía equivocarme, pero…
—¿Pero qué, don Frutos?
La ansiedad puso campanillas de anhelos en la pregunta.
—No te hagas mala sangre que ella es fiel y, al último, con sus mimos lo va a haser aflojar al viejo qu'es pura espuma como el chajá. Cuando una mujer quiere es capas de darle güeltas al mismo diaulo.
—¿Entonces?
—Espera, que con el tiempo no hay guasca que no se corte ni duro que no se ablande.
El oficial sonrió esperanzado y, enseguida, dijo:
—¿Sabe que es maravilloso su poder de deducción?
—¿Y qué pa es deducción?
—Y… relacionar una cosa con otra para sacar conclusiones, así como cuando está nublado se conjetura que después va a llover.
—Cosa fásil nicó —terció el cabo Leiva que había seguido atentamente la conversación—, yo tamién sé d'esas cosas.
Arzásola miró dubitativo la faz cetrina del cabo y aventuró:
—¿A ver un ejemplo?
—Güeno. Pa dentro 'e uno mese loj vamo a tener al Celedonio Jonte durmiendo n'el calaboso.
—¿Y por qué?
—Porque pa celebrar el nacimiento l’ hijo va a tomar unaj copa n'el boliche con loj amigo y a ese enseguida se le sube a la cabeza y hay que traerlo aquí pa que duerma la tranca.
—¿Y cómo pa sabes que su mujer va a tener familia? Yo ayer la vide yendo por la calle y no se le notaba nada… —dijo don Frutos.
Gozándose con la expectativa despertada, Leiva siguió:
—Porque cuando hay antojo hay creatura en fija…
—Sierto —intervino Ojeda—. Solía desir mi mama que antes de tenerme a mí le dentro una gana grande 'e comer sapallo…
—Por eso nasiste vo tamién medio sapallo —le interrumpió el comisario—. Pero vos, Leiva, ¿cómo sabe que ella está antojada?
—Porque anoche el pobre Cele vino apuradazo a preguntar n'el boliche si nadie sabía ande podería conseguir una sandía… ¡Una sandía n'el mes de junio! Y cómo no ha de ser pa él maliseo…
— ¡Ja!… ¡ja!… con un antojo d'esos la cosa no puede fallar. —concluyó don Frutos.
Unos troperos que pasaban con un arreo, trajeron la noticia de que, en un montecito que se hallaba a la entrada del pueblo, se encontraba un hombre tirado en el suelo, junto a un charco de sangre.
—Yo lo vide dende el caballo —dijo el capataz—, pero por el modo qu'estaba paresía como si lo hubieran muerto 'e mala manera…
Una vez tomados los datos salió una comisión compuesta por el comisario, el oficial, el cabo y un agente que se dirigió de inmediato al lugar señalado. Allí, a la vera del camino, con su propio puñal clavado en el vientre, yacía Fermín Frioli, más conocido por Mocito. El tal era un viejo conocido de la policía por sus actividades de jugador con ventaja, matachín y contrabandista.
Era segura su presencia en todas las mesas de juego o en los bailes y diversiones, pero huía como de la peste del trabajo honrado. Mujeriego sin escrúpulos, había tenido varios incidentes en el pueblo por asuntos de polleras.
Apenas lo reconoció dijo Leiva:
—Dispués disen que mala yerba nunca muere; vese se enquivocan lo refrane tamién.
El muerto estaba caído boca abajo, en un grupo de árboles, con las manos crispadas que semejaban arañar el suelo en los últimos estertores de la agonía. El deceso parecía haber sido instantáneo, como consecuencia de una profunda herida en el abdomen, de donde había escapado gran cantidad de sangre.
—Lo madrugaron fiero —continuó el cabo—, ni le dieron tiempo a defenderse.
—Tienen que haberlo tomado de sorpresa para haberlo ultimado con su propio cuchillo — expresó el oficial.
—¿No se haberá suicidao? —preguntó el agente.
—Difísil —respondió don Frutos; y, señalando la posición del arma, agregó—: Pa suicidarse hubiera clavao 'l cuchillo de arriba pa abajo y a éste lo han chuceao de abajo p'arriba. Endemá bicho como este no se suicidan ni mueren en la cama como loj crestiano. A estos a la final, terminan por achurarlos. —explicó Leiva.
—Sea bueno o sea malo, la cuestión es que lo han asesinado, y ahora nuestro deber es aclarar el crimen —dijo el oficial—. La ley es igual para todos.
—La muerte es lúnica ley que no sabe 'e diferencia —exclamó don Frutos—. Pa ella vale´tanto 'l rico como 'l pobre, la mujer como 'l hombre, el niño como 'l viejo…
—¿Y quién pudo haber sido? —prosiguió Arzásola—. ¿Se le conocía algún enemigo?
— ¡Tantos! —le respondió el cabo, que siempre andaba bien informado—. Segundo Riga, a quien le peló tuita la plata l'otro día en la tabeada; Eufemio Cortés, al que madrugó 'e un hachazo en la cabeza que casi lo dijuntea y se la juró; el Pardo Viera, porque le robó la mujer y la abandonó al mes en Ramada-Paso; Gilberto Pérez, a quien le anduvo rondando la novia antes que se casaran… ¡Uf! son mucho loj que le tenían ganas.
Mientras tanto don Frutos seguía observándolo todo en silencio.
Buscaron rastros en las cercanías sin resultado, ya que en el camino de tierra había demasiados y entre las hierbas del bosquecillo no se conservaba ni uno.
Le dieron vuelta y revisaron cuidadosamente, encontrándole una gruesa suma en los bolsillos.
—Pa robarlo no jue —sentenció el comisario.
—Tampoco lo hisieron venir pa achurarlo —deslizó Leiva—, porque entonse hubieran tenido l'arma preparada y no hubieran usao la de él.
—Eso es lo raro —interpuso Arzásola—, que un cuchillero tan mentado como decían que era, se haya dejado sorprender y matar con su cuchillo.
—Se lo habrán pedido emprestao, y entonse… —sugirió el agente.
—Tampoco —dijo don Frutos—. ¿Pa qué lo iba a emprestar? Si hubiera habido un asao pa cortar, tal vez, o si lo hubiera querido enseñar pa venderlo pudiera ser, pero aquí no era lugar pa eso… El cuchillo se lo sacaron y clavaron de a traición nomá…
Después de inspeccionar un rato más dijo el comisario señalando una habitación que se veía en medio de un grupo de árboles a la distancia.
—¿Quién pa vive n'aquel rancho?
—Gilberto Pérez —contestó Leiva—, pero si pensó que jue él s'equivoca fiero porque ayer por la mañana salió con otros troperos pa Concepción pa llevar una puntita 'e vacas…
—El que haiga preguntao por él no quiere desir que ya lo acuse…
—Ta bien, don Frutos, discúlpeme.
El comisario, sin responderle, invitó al oficial:
—Vení, vamo a dir pa'l rancho pa ver si no han visto nada.
Luego, dirigiéndose a los otros, les ordenó que llevasen el cadáver al local policial.
Caminaron cerca de un centenar de metros y llegaron a la vivienda. En el patio de la misma una mujer joven molía maíz en un mortero.
—Güen día, moza; ¿podemo pasar un rato? —dijo el funcionario.
—¡Có'mo no, don Frutos! Pasen y asientensen —respondió la dueña de casa y les indicó dos sillas de junco que estaban cercanas— ¿Quieren pa que les cebe unos mates?
—Si sos gustosa —aceptó don Frutos, y agregó en forma casual—: ¿Cuándo güelve tu marido?
—La semana que viene, creo.
—Mejor pa vos, ansí se haberá arreglao tuito l'asunto del Mocito.
—¿Y qué tengo que ver con eso? —dijo ella, agresiva.
—Mucho, porque se me nase que juiste vo la que le pegó una puñalada allá n'el montecito…
—Yo… yo… —dijo ella, pero, súbitamente, se desmoronó su aparente fortaleza y rompió a llorar.
Después de un rato, algo más serenada, confesó:
—Sí, jui yo… Es mejor que lo diga porque me estaba mordiendo l'alma y no podía tener tranquilidá.
—¿Por qué pa jue, m'hija?
—Porque no me dejaba en pas… Quería que yo le juera infiel al Gilberto y hasta me amenasó que lo iba a provocar pa matarlo. Mucho nicó me anduvo persiguiendo y yo me callaba pa que mi hombre no se disgraciara. Ayer, cuando supo que Gilberto había salido pa Concepción vino a decirme, como de pasada, que si a la noche no iba al monte a atenderlo iba a venir acá pa dentrar ni aunque sea voltiando la puerta…
—¿Por qué pa no me avisaste a mí?
—De sonsa que es una… Me daba vergüenza y creyí que lo iba a convencer, pero una ve allí se puso molesto, me abrasó y empezó a querer besarme. Yo me defendí como pude y en una de esas alcancé a sacarle el puñal y rápido se lo clavé. Dio un quejido y aflojó lo braso… Yo salí coriendo y no sé má… Pero yo no quise jugarle sucio a mi marido, que es güeno y me quiere mucho…
Hubo un momento de silencio sólo interrumpido por los profundos suspiros de la moza.
—¿Ansí que creyiste que vo lo mataste? , de pronto, don Frutos.
—¡Claro! ¿Acaso se salvó? —dijo ella, y una luz de esperanza brilló en sus ojos.
—No, el tipo ese ya clavó laj guampa pa siempre, pero no juiste vo la culpable. Vo apena le metiste el cuchillo entre laj ropa, m'hija. Entonse él lo sacó y con l'arma en la mano te corrió pa castigarte dejuro, pero trompesó y al caer se clavó él mesmo. Jue un asidente nomá…
—Entonse, ¿no me va a haser nada, don Frutos?
—¿Y por qué pa m'hija? Lo que tenes que haser es no desir nada pa no complicar laj cosa y seguir queriendo a tu marido pa que sean felices.
—Sí, don Frutos.
La mujer, vencida por la emoción, entró a la pieza y se arrodilló a rezar frente a un cuadro de la virgen de Itatí, mientras don Frutos y el oficial volvían al camino.
—¿De manera que para usted fue un accidente, comisario? —dijo el oficial.
—Pa mí y pa tuito 'l mundo. Se pierde un malandrín y se gana una mujer honrada, ansí que no hay dudas…
—¿Y cómo supo que fue una mujer la que provocó el accidente? —dijo Arzásola intencionadamente.
—Porque Frioli era un tipo de acción que no se hubiera dejado sorprender por un varón y solamente al tenerlo abrasao podían haberle refalao 'l cuchillo 'e la cintura. Tal cosa únicamente podía haserlo una mujer y la mesma tenía que vivir por ahí nomás, como la de Gilberto Pérez…
Ya ves que sensillo, m'hijo.
—¡Pobre muchacha! Tuvo que estar desesperada para hacer lo que hizo.
—Si no hizo nada, chamigo. Ella le clavó la faca en la ropa y él al correr jue que se hirió. Tene la seguridad que jue un asidente y ansí tene que ponerlo n'el sumario.
—Sí, don Frutos —asintió Arzásola—. Ya he comprendido: un accidente casual.


 Velmiro Ayala Gauna 


(1905-1967)

En el año 1944 publica su primer libro “La selva y el hombre”. Su obra literaria se completa con “Litoral” del año 1950; en 1952 “Rivadavia y su tiempo”; “Cuentos correntinos”; en 1953 “Otros cuentos correntinos”, “La semilla y el árbol” y “Teatro de lo esencial”; en 1955  “Leandro Gómez”,  “Cuentos y cartas correntinas” y “Los casos de Don Frutos Gómez”  considerada su obra cumbre y temática del guión de la película “Alto Parana” de Catrano Catrani;  “Paranaseros” de 1957; en 1960, “Don Frutos Gómez, Comisario” y el tercer volumen de “Cuentos Correntinos” y su obra postrer “Provinciano y del interior” editada en el año 1965.


Velmiro Ayala Gauna escribió además obras de teatro como “De que color es la piel de dios  y música para la película “Viejo Barrio”.