viernes, 27 de septiembre de 2019

Conrado Nalé Roxlo "Las nuevas aventuras del Padre Brown"



Nuevas aventuras del Padre Brown
Conrado Nalé Roxlo
(1898-1971)

Muchas son las razones que pueden determinar a un caballero inglés a embarcarse en el puerto de Liverpool con rumbo a Australia.  No es la menos frecuente el deseo de ver a los canguros saltando en su propia salsa, pues el inglés medio carece de imaginación al extremo de tener que hacer largos viajes para tener una idea aproximada de un canguro, un templo budista o cualquier otra fantasía de Dios o de los hombres…Ahora bien, si este inglés pertenece a la llamada clase comercial, es probable que haga ese viaje para vender a los australianos paños de Manchester fabricados por ellos mismos, pues si el inglés carece de fantasía, sabe en cambio explotar en beneficio propio la ajena.  También es posible que si este inglés, por extraña coincidencia, es una bailarina, haga el viaje para mostrar las piernas en los teatros de Melbourne y Sidney.  Pero como el padre Brown no se hallaba en ninguno de estos casos, ni tenía otras razones poderosas para ir a Australia, se dirigía acompañado por su amigo Flambeau en una clara mañana de primavera hacia la residencia campestre de Lord Brandy, situada entre las verdes colinas del condado de York.  Debía oír en confesión al viejo Lord, que se hallaba bastante grave a consecuencia de haber recibido en plena nariz la pelota que, jugando al golf, lanzara con su potente brazo el primer ministro Macdonald, lo que hizo decir a Bernard Shaw la tontería de que el gobierno laborista estaba más fuerte que nunca.
El padre Brown y Flambeau iban a pie, según su costumbre. 
El curita estaba alegre, como lo demostraba el humo que se escapaba de su enorme pipa, dibujando retozonas figuras en el cielo azul de la mañana dominical.
- Mire usted – le dijo Flambeau, parándose de golpe y señalando con su grueso índice una mancha oscura y movible que se destacaba sobre lo verde de un prado.
El padre Brown se empinó sobre las puntas de los pies, hizo pantalla de la mano, miró un momento en la dirección indicada y luego echó a correr.
- ¡Padre, padre! ¿Dónde va usted?
El curita se ató la sotana a la cintura para dar mayor libertad a sus movimientos y, sin dejar de correr, le respondió:
- Amigo Flambeau: todo dedo que señala puede ser el dedo del Destino.
Flambeau inclinó la cabeza y corrió tras él.
Cuando llegaron, vieron que la mancha movible y oscura no era otra cosa que un corro de gente en torno a un hombre que yacía en la tierra.  Le hicieron sitio y un hombre se destacó del corro y le tendió la mano a tiempo que le decía:
- Llega usted como llovido del cielo, pues este es el más endiablado crimen en que me ha tocado actuar.
Era el inspector Smith, de la policía de Scotland Yard, que estimaba mucho al padre Brown desde que éste le ayudó a descubrir al sobrino de Jack, el Destripador, que también destripaba lo suyo.
El padre Brown sonrió y le dijo:
- Es verdad, Smith, llego caído del cielo; pero esto no debe extrañarle a usted, que es un cristiano viejo, pues todo lo que hay en el mundo y el mundo mismo ha caído del cielo.
- Amén – murmuró Flambeau.
. ¿Está muerto? – preguntó el sacerdote.
- Eso hemos creído de primera intención, considerando que la cabeza se halla separada del cuerpo unas quince pulgadas.
- Smith – dijo el padre Brown poniéndole una mano en el hombro -, es usted hombre sagaz y capaz de darse cuenta de una situación, por compleja que esta sea, de una sola ojeada.  Pero ¿está usted seguro de que se trata de un crimen?
- He ahí la hoz que sirvió para degollarlo.
- ¿Ha observado usted – preguntó el padre Brown, sin tomar en cuenta las palabras del policía – la forma de la nariz de este hombre, se ha fijado usted si sus ojo son redondos y están muy.- No…
- Pues dé vuelta usted esa cabeza y veamos.
Cuando un agente uniformado levantó la cabeza del decapitado y la mostró a los presentes, de todas las bocas salió el mismo grito:
- ¡Oh, un pájaro!
Efectivamente, la cabeza se parecía de un modo extraño a la de un ave, parecido que aumentaba el hecho de tener la nariz muy roja, como de ciertos papagayos de América y ciertos borrachos de todo el mundo.
- No hay crimen – dictaminó el curita -, y, si lo hay, es un crimen cuyo autor no caerá nunca en sus manos, Smith.
- No lo entiendo a usted, padre – murmuró el inspector.
- Tampoco entienden los niños de la doctrina el misterio de la Trinidad, y no por eso la Trinidad deja de ser un hecho tan evidente como la columna de Nelson o los huevos con jamón que me sirvieron de desayuno.
- Amén – murmuró Flambeau.
- ¿Quiere usted convencerse, Smith? Mire – y el padre Brown señaló a la garganta del cadáver, agregando -: ¿cómo se llama a esa clase de cuellos?
- Palomita – respondieron varios elegantes del corro.
- Muy bien.  Ahora fíjense ustedes en el jaquet de ese cadáver.  Pero así no lo pueden apreciar en toda su misteriosa significación.  Ayúdenme a quitárselo.
Cuando tuvo la prenda en la mano, pasó revista lentamente a todos los que allí estaban, y, después de detenido el examen, dijo a un joven vestido de tennisman, cuya estatura y grueso coincidían con los del muerto:
- ¿Quiere usted tener la bondad de quitarse la chaqueta y ponerse un momento este jaquet?...Bien, ahora haga el favor de alcanzarme la pipa – y diciendo esto arrojó su pipa a veinte pasos de distancia.  El joven obedeció.  Todos los miraban sin entender.
- Hágame usted el favor de ir saltando en un pie – dijo el curita.  Y preguntó, volviéndose a los presentes:
- ¿A qué se parece?
- ¡A una golondrina!
- Exactamente.  Ahora miren hacia la derecha. ¿Qué hay?
- Un espantapájaros…
- Ni más ni menos.  Por lo tanto, Smith, no busque usted al criminal…a menos que detenga por complicidad inconsciente al camisero que le vendió este cuello, al sastre de Londres que le hizo ese jaquet, al hortelano que puso ese espantapájaros…y al Destino que le dio esa cara ornitológica. Pero veo que no me entiende usted. Este hombre tenía cara de pájaro, lo que quiere decir que tenía también alma de pájaro, ya que, como todo el mundo sabe, la cara es el espejo del alma.  Sin darse él mismo cuenta, llevado por su íntima esencia, se ponía cuellos de palomita; por su deseo secreto o manifestado, el sastre le cortaba los jaquets sobre el molde de la cola de las golondrinas; se peinaba en forma de cresta, y, sin mayores investigaciones, con sólo ver su nariz se comprende que era aficionado al alpiste.  Sigan ustedes mi explicación. Este hombre – ave se encontró solo en el campo, su naturaleza ornitológica se impuso y posiblemente iba diciendo chiu – chirrichichiu, cuando vio el espantapájaros, se asustó y echó a correr…Lo demás está bien claro, tropezó y cayó sobre la hoz olvidada, degollándose.  Es un crimen, si usted quiere; pero un crimen cometido en defensa propia por la especie, un semihumano, como los centauros, como las sirenas que han tenido que desaparecer para dejar bien aclarada, y que no haya lugar a confusiones, la semejanza del hombre con Dios, que lo creó a su imagen.
Y el padre Brown hizo a los presentes una graciosa reverencia y se alejó del brazo de su inseparable amigo, el ex ladrón Flambeau.
                                                                                       
                                              Conrado Nalé Roxlo, en Antología apócrifa.


Vocabulario:

Bernard Shaw, George: (1856-1950) escritor y dramaturgo inglés.
Laborista: uno de los partidos políticos tradicionales de Inglaterra.
Corro: cerco que forma la gente para hablar.
Scotland Yard: policía metropolitana de Londres.
Hoz: instrumento compuesto de una hoja acerada, curva, con dientes muy agudos y cortantes o con filo en la parte cóncava.
Columna de Nelson: monumento emplazado en el centro de Londres para conmemorar la victoria del almirante Nelson en la batalla de Trafalgar, en 1805.
Jaquet: saco de cola, prenda de vestir elegante.
Tennisman: Jugador de tenis.
Ornitológico: relativo a las aves.

Conrado Nalé Roxlo. 
Fue un escritor, periodista, guionista y humorista argentino. Se destacó sobre todo por el humor de sus numerosos artículos periodísticos, firmados con el seudónimo de Chamico y publicados en la revista El Hogar.

PADRE BROWN

Roberto Arlt "El crimen casi perfecto"




El crimen casi perfecto

Roberto Arlt

La coartada de los tres hermanos de la suicida fue verificada. Ellos no habían mentido. El mayor, Juan, permaneció desde las cinco de la tarde hasta las doce de la noche (la señora Stevens se suicidó entre las siete y las diez de la noche) detenido en una comisaría por su participación imprudente en una accidente de tránsito. El segundo hermano, Esteban, se encontraba en el pueblo de Lister desde las seis de la tarde de aquel día hasta las nueve del siguiente, y, en cuanto al tercero, el doctor Pablo, no se había apartado ni un momento del laboratorio de análisis de leche de la Erpa Cía., donde estaba adjunto a la sección de dosificación de mantecas en las cremas.
Lo más curioso del caso es que aquel día los tres hermanos almorzaron con la suicida para festejar su cumpleaños, y ella, a su vez, en ningún momento dejó de traslucir su intención funesta. Comieron todos alegremente; luego, a las dos de la tarde, los hombres se retiraron.


Sus declaraciones coincidían en un todo con las de la antigua doméstica que servía hacía muchos años a la señora Stevens. Esta mujer, que dormía afuera del departamento, a las siete de la tarde se retiró a su casa. La última orden que recibió de la señora Stevens fue que le enviara por el portero un diario de la tarde. La criada se marchó; a las siete y diez el portero le entregó a la señora Stevens el diario pedido y el proceso de acción que ésta siguió antes de matarse se presume lógicamente así: la propietaria revisó las adiciones en las libretas donde llevaba anotadas las entradas y salidas de su contabilidad doméstica, porque las libretas se encontraban sobre la mesa del comedor con algunos gastos del día subrayados; luego se sirvió un vaso de agua con whisky, y en esta mezcla arrojó aproximadamente medio gramo de cianuro de potasio. A continuación se puso a leer el diario, bebió el veneno, y al sentirse morir trató de ponerse de pie y cayó sobre la alfombra. El periódico fue hallado entre sus dedos tremendamente contraídos.

Tal era la primera hipótesis que se desprendía del conjunto de cosas ordenadas pacíficamente en el interior del departamento pero, como se puede apreciar, este proceso de suicidio está cargado de absurdos psicológicos. Ninguno de los funcionarios que intervinimos en la investigación podíamos aceptar congruentemente que la señora Stevens se hubiese suicidado.
Sin embargo, únicamente la Stevens podía haber echado el cianuro en el vaso. El whisky no contenía veneno. El agua que se agregó al whisky también era pura. Podía presumirse que el veneno había sido depositado en el fondo o las paredes de la copa, pero el vaso utilizado por la suicida había sido retirado de un anaquel donde se hallaba una docena de vasos del mismo estilo; de manera que el presunto asesino no podía saber si la Stevens iba a utilizar éste o aquél. La oficina policial de química nos informó que ninguno de los vasos contenía veneno adherido a sus paredes.

El asunto no era fácil. Las primeras pruebas, pruebas mecánicas como las llamaba yo, nos inclinaban a aceptar que la viuda se había quitado la vida por su propia mano, pero la evidencia de que ella estaba distraída leyendo un periódico cuando la sorprendió la muerte transformaba en disparatada la prueba mecánica del suicidio.
Tal era la situación técnica del caso cuando yo fui designado por mis superiores para continuar ocupándome de él. En cuanto a los informes de nuestro gabinete de análisis, no cabían dudas.
Únicamente en el vaso, donde la señora Stevens había bebido, se encontraba veneno. El agua y el whisky de las botellas eran completamente inofensivos. Por otra parte, la declaración del portero era terminante; nadie había visitado a la señora Stevens después que él le alcanzó el periódico; de manera que si yo, después de algunas investigaciones superficiales, hubiera cerrado el sumario informando de un suicidio comprobado, mis superiores no hubiesen podido objetar palabra. Sin embargo, para mí cerrar el sumario significaba confesarme fracasado. La señora Stevens había sido asesinada, y había un indicio que lo comprobaba: ¿dónde se hallaba el envase que contenía el veneno antes de que ella lo arrojara en su bebida?
Por más que nosotros revisáramos el departamento, no nos fue posible descubrir la caja, el sobre o el frasco que contuvo el tóxico. Aquel indicio resultaba extraordinariamente sugestivo.
Además había otro: los hermanos de la muerta eran tres bribones.
Los tres, en menos de diez años, habían despilfarrado los bienes que heredaron de sus padres. Actualmente sus medios de vida no eran del todo satisfactorios.
Juan trabajaba como ayudante de un procurador especializado en divorcios. Su conducta resultó más de una vez sospechosa y lindante con la presunción de un chantaje. Esteban era corredor de seguros y había asegurado a su hermana en una gruesa suma a su favor; en cuanto a Pablo, trabajaba de veterinario, pero estaba descalificado por la Justicia e inhabilitado para ejercer su profesión, convicto de haber dopado caballos. Para no morirse de hambre ingresó en la industria lechera, se ocupaba de los análisis.
Tales eran los hermanos de la señora Stevens. En cuanto a ésta, había enviudado tres veces.
El día del “suicidio” cumplió 68 años; pero era una mujer extraordinariamente conservada, gruesa, robusta, enérgica, con el cabello totalmente renegrido. Podía aspirar a casarse una cuarta vez y manejaba su casa alegremente y con puño duro. Aficionada a los placeres de la mesa, su despensa estaba provista de vinos y comestibles, y no cabe duda de que sin aquel “accidente” la viuda hubiera vivido cien años. Suponer que una mujer de ese carácter era capaz de suicidarse, es desconocer la naturaleza humana. Su muerte beneficiaba a cada uno de los tres hermanos con doscientos treinta mil pesos.
La criada de la muerta era una mujer casi estúpida, y utilizada por aquélla en las labores groseras de la casa. Ahora estaba prácticamente aterrorizada al verse engranada en un procedimiento judicial.
El cadáver fue descubierto por el portero y la sirvienta a las siete de la mañana, hora en que ésta, no pudiendo abrir la puerta porque las hojas estaban aseguradas por dentro con cadenas de acero, llamó en su auxilio al encargado de la casa. A las once de la mañana, como creo haber dicho anteriormente, estaban en nuestro poder los informes del laboratorio de análisis, a las tres de la tarde abandonaba yo la habitación donde quedaba detenida la sirvienta, con una idea brincando en mi imaginación: ¿y si alguien había entrado en el departamento de la viuda rompiendo un vidrio de la ventana y colocando otro después que volcó el veneno en el vaso? Era una fantasía de novela policial, pero convenía verificar la hipótesis.

Salí decepcionado del departamento. Mi conjetura era absolutamente disparatada: la masilla solidificada no revelaba mudanza alguna.
Eché a caminar sin prisa. El “suicidio” de la señora Stevens me preocupaba (diré una enormidad) no policialmente, sino deportivamente.
Yo estaba en presencia de un asesino sagacísimo, posiblemente uno de los tres hermanos que había utilizado un recurso simple y complicado, pero imposible de presumir en la nitidez de aquel vacío.
Absorbido en mis cavilaciones, entré en un café, y tan identificado estaba en mis conjeturas, que yo, que nunca bebo bebidas alcohólicas, automáticamente pedí un whisky. ¿Cuánto tiempo permaneció el whisky servido frente a mis ojos? No lo sé; pero de pronto mis ojos vieron el vaso de whisky, la garrafa de agua y un plato con trozos de hielo. Atónito quedé mirando el conjunto aquel. De pronto una idea alumbró mi curiosidad, llamé al camarero, le pagué la bebida que no había tomado, subí apresuradamente a un automóvil y me dirigí a la casa de la sirvienta. Una hipótesis daba grandes saltos en mi cerebro. Entré en la habitación donde estaba detenida, me senté frente a ella y le dije:
– Míreme bien y fíjese en lo que me va a contestar: la señora Stevens, ¿tomaba el whisky con hielo o sin hielo?
-Con hielo, señor.
-¿Dónde compraba el hielo?
– No lo compraba, señor. En casa había una heladera pequeña que lo fabricaba en pancitos. –Y la criada casi iluminada prosiguió, a pesar de su estupidez.- Ahora que me acuerdo, la heladera, hasta ayer, que vino el señor Pablo, estaba descompuesta. Él se encargó de arreglarla en un momento.

Una hora después nos encontrábamos en el departamento de la suicida con el químico de nuestra oficina de análisis, el técnico retiró el agua que se encontraba en el depósito congelador de la heladera y varios pancitos de hielo. El químico inició la operación destinada a revelar la presencia del tóxico, y a los pocos minutos pudo manifestarnos: – El agua está envenenada y los panes de este hielo están fabricados con agua envenenada.

Nos miramos jubilosamente. El misterio estaba desentrañado. Ahora era un juego reconstruir el crimen. El doctor Pablo, al reparar el fusible de la heladera (defecto que localizó el técnico) arrojó en el depósito congelador una cantidad de cianuro disuelto. Después, ignorante de lo que aguardaba, la señora Stevens preparó un whisky; del depósito retiró un pancito de hielo (lo cual explicaba que el plato con hielo disuelto se encontrara sobre la mesa), el cual, al desleírse en el alcohol, lo envenenó poderosamente debido a su alta concentración. Sin imaginarse que la muerte la aguardaba en su vicio, la señora Stevens se puso a leer el periódico, hasta que juzgando el whisky suficientemente enfriado, bebió un sorbo. Los efectos no se hicieron esperar.

No quedaba sino ir en busca del veterinario. Inútilmente lo aguardamos en su casa. Ignoraban dónde se encontraba. Del laboratorio donde trabajaba nos informaron que llegaría a las diez de la noche.
A las once, yo, mi superior y el juez nos presentamos en el laboratorio de la Erpa. El doctor Pablo, en cuanto nos vio comparecer en grupo, levantó el brazo como si quisiera anatemizar nuestras investigaciones, abrió la boca y se desplomó inerte junto a la mesa de mármol.

Había muerto de un síncope. En su armario se encontraba un frasco de veneno. Fue el asesino más ingenioso que conocí.




«El juego de la búsqueda de detectives famosos»


«El juego de la búsqueda de detectives famosos»

Condiciones para el juego:
Identificar a los detectives de los cuales se proporcionan algunos datos a continuación.
·         Podrán usar internet o diccionarios enciclopédicos.
·         El juego se planteará de un día para el otro. El ganador será el que consiga averiguar la identidad de la mayor cantidad de detectives de ficción.
·         Los alumnos deberán determinar:
-Nombre del detective.
-Nombre de su creador.
-Título de al menos un cuento o una novela que haya protagonizado.


Datos sobre los detectives buscados:
1. Detective nacido en Santa Rosa, California. Hombre duro y honesto. Juega al ajedrez. Tuvo una oficina un tiempo en el Cahuenga Building. Se enamoró de una millonaria llamada Linda Loring.
2. Detective encarcelado en el penal de la calle Las Heras, en Buenos Aires. Ex peluquero. Ocupa la ya clásica celda 273, acusado de un crimen que no cometió. Es visitado generalmente por Gervasio Montenegro o Mariana Ruiz Villalba de Muñagorri, entre otros.
3. Sacerdote católico que resuelve crímenes. Suele llevar un paraguas. Alguna vez colaboró con Flambeau, criminal francés devenido detective. 
4. Detective profesional cuyo socio, Miles Archer, fue asesinado en extrañas circunstancias. Su primera y más famosa aventura fue llevada al cine por John Huston.
5. Famoso detective inglés que vive en Baker Street. Mientras no trabaja en ningún caso, se entrega a la inactividad y a tocar el violín.
6. Detective privado belga, bajo y robusto, que trabaja principalmente en Inglaterra. En muchas oportunidades recibió la ayuda del capitán Hastings, ex oficial inglés que lo abandonó finalmente para radicarse en la Argentina. 
7. Sargento experto en el cultivo de rosas, que intervino en la que quizás sea la primera novela policial de la historia. El caso que debía resolver era la desaparición de un diamante llamado la piedra lunar.
8. Comisario de la Policía Judicial del París. Investiga lentamente, intentando comprender el modo de vida de víctimas y criminales. Sus subalternos más fieles son los detectives Janvier y Lapointe, y el sargento Lucas, todos creados por un muy prolífico escritor belga.
9. Personaje obeso y excéntrico que se dedica a cultivar orquídeas y a beber cerveza en grandes cantidades. Muy interesado en el dinero. Resuelve casos por medio de su empleado, Archie Goodwin.
10. Hermano de un famoso detective inglés, que muy de vez en cuando investiga algún caso. Es socio del Club Diógenes.
11. Abogado defensor que se especializa en salvar a sus clientes, quienes, por lo general, no le dicen la verdad, pero son inocentes. Está dispuesto a manipular la ley todo lo necesario para salvar a sus defendidos. Fue protagonista de series de TV, programas de radio y películas. Su secretaria se llama Della Street.
12. Anciana soltera que resuelve crímenes de modo amateur. Vive en el pequeño pueblo de St. Mary Mead.


Luego de determinar quién es el ganador, conversen entre todos sobre las estrategias que usó cada uno para buscar a los detectives.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Velmiro Ayala Gauna "El accidente"



El accidente 

Velmiro Ayala Gauna
(1905-1967)

Era una mañana de invierno y ráfagas frías venían, a ratos, desde el río próximo. El personal policíaco de Capibara-Cué se hallaba reunido en el salón principal de la comisaría, alrededor de un brasero improvisado con una vieja lata de querosene, que a la vez que entibiaba el ambiente, servía para mantener en su punto la temperatura del agua de la pava con la cual el agente Ojeda cebaba interminables mates a sus superiores.
Don Frutos terminó de sorber uno de ellos y dijo socarrón:
—Este mate no se parece nicó a la cara 'e Leiva.
—¿Por qué pa, don Fruto?
—Porque el mate está lavao y tu cara no.
Presintiendo una broma, el aludido inquirió, desde adentro del capote en que encerraba su frío:
—Salga d'ahí, comesario, si bien tempranito lo hise porque no le tengo miedo al agua…
Pensó un momento y luego agregó:
—El que parece que se ha pegao a laj sábana es l'ufisial, porque ya son laj ocho pasada y no viene.
Tal si lo hubiese oído, en ese momento se abrió la puerta del local y el oficial Arzásola entró frotándose las manos, saludó y se sentó en una silla próxima a la de su superior.
Don Frutos dejó que se confortara con un mate y, luego, al ver que permanecía pensativo observando el chisporretear de las brasas, le dijo:
—¿Ansí que don Filemón no te quiere pa yerno?
Arzásola se dio vuelta como picado por una víbora y abrió los ojos asombrados.
—¿Có… cómo lo supo?
— ¡Bah! Es cosa fácil, chamigo. Vo que so má puntual que el canto 'l gallo a la madrugada, hoy llegaste tarde y con cara 'e sueño, por lo que supuse que algo te tuvo desvelao hasta muy tarde…
—Pero hay muchas cosas que pudieron haberlo hecho.
—Sí, pero yo pensé… Por trabajo no es, porque yo que soy el jefe tendría que saberlo; por cuestiones 'e familia tampoco, porque hase tre día pasó '1 barco y resibiste una carta que te hiso ni fu ni fa… Entonse tendría que ser algo 'e acá y en el pueblo l’único que te tiene a mal traer es Isabel, l'hija 'e don Filemón, pues…
Calló un momento, para poner fin con una sonora chupada al mate, y prosiguió:
—La muchacha es oro 'e ley… Es güeña y te quiere, ansí que ella tampoco pedería ser. Vo so un muchacho estruido, trabajador y sin visios, de manera que la sola cosa que pueden tacharte es que sos pobre… y eso nadie puede haserlo sino el viejo File…
—Así es, don Frutos, dice que no tengo porvenir y me prohibió que siguiera yendo a su casa.
—¿Viste? Si no podía equivocarme, pero…
—¿Pero qué, don Frutos?
La ansiedad puso campanillas de anhelos en la pregunta.
—No te hagas mala sangre que ella es fiel y, al último, con sus mimos lo va a haser aflojar al viejo qu'es pura espuma como el chajá. Cuando una mujer quiere es capas de darle güeltas al mismo diaulo.
—¿Entonces?
—Espera, que con el tiempo no hay guasca que no se corte ni duro que no se ablande.
El oficial sonrió esperanzado y, enseguida, dijo:
—¿Sabe que es maravilloso su poder de deducción?
—¿Y qué pa es deducción?
—Y… relacionar una cosa con otra para sacar conclusiones, así como cuando está nublado se conjetura que después va a llover.
—Cosa fásil nicó —terció el cabo Leiva que había seguido atentamente la conversación—, yo tamién sé d'esas cosas.
Arzásola miró dubitativo la faz cetrina del cabo y aventuró:
—¿A ver un ejemplo?
—Güeno. Pa dentro 'e uno mese loj vamo a tener al Celedonio Jonte durmiendo n'el calaboso.
—¿Y por qué?
—Porque pa celebrar el nacimiento l’ hijo va a tomar unaj copa n'el boliche con loj amigo y a ese enseguida se le sube a la cabeza y hay que traerlo aquí pa que duerma la tranca.
—¿Y cómo pa sabes que su mujer va a tener familia? Yo ayer la vide yendo por la calle y no se le notaba nada… —dijo don Frutos.
Gozándose con la expectativa despertada, Leiva siguió:
—Porque cuando hay antojo hay creatura en fija…
—Sierto —intervino Ojeda—. Solía desir mi mama que antes de tenerme a mí le dentro una gana grande 'e comer sapallo…
—Por eso nasiste vo tamién medio sapallo —le interrumpió el comisario—. Pero vos, Leiva, ¿cómo sabe que ella está antojada?
—Porque anoche el pobre Cele vino apuradazo a preguntar n'el boliche si nadie sabía ande podería conseguir una sandía… ¡Una sandía n'el mes de junio! Y cómo no ha de ser pa él maliseo…
— ¡Ja!… ¡ja!… con un antojo d'esos la cosa no puede fallar. —concluyó don Frutos.
Unos troperos que pasaban con un arreo, trajeron la noticia de que, en un montecito que se hallaba a la entrada del pueblo, se encontraba un hombre tirado en el suelo, junto a un charco de sangre.
—Yo lo vide dende el caballo —dijo el capataz—, pero por el modo qu'estaba paresía como si lo hubieran muerto 'e mala manera…
Una vez tomados los datos salió una comisión compuesta por el comisario, el oficial, el cabo y un agente que se dirigió de inmediato al lugar señalado. Allí, a la vera del camino, con su propio puñal clavado en el vientre, yacía Fermín Frioli, más conocido por Mocito. El tal era un viejo conocido de la policía por sus actividades de jugador con ventaja, matachín y contrabandista.
Era segura su presencia en todas las mesas de juego o en los bailes y diversiones, pero huía como de la peste del trabajo honrado. Mujeriego sin escrúpulos, había tenido varios incidentes en el pueblo por asuntos de polleras.
Apenas lo reconoció dijo Leiva:
—Dispués disen que mala yerba nunca muere; vese se enquivocan lo refrane tamién.
El muerto estaba caído boca abajo, en un grupo de árboles, con las manos crispadas que semejaban arañar el suelo en los últimos estertores de la agonía. El deceso parecía haber sido instantáneo, como consecuencia de una profunda herida en el abdomen, de donde había escapado gran cantidad de sangre.
—Lo madrugaron fiero —continuó el cabo—, ni le dieron tiempo a defenderse.
—Tienen que haberlo tomado de sorpresa para haberlo ultimado con su propio cuchillo — expresó el oficial.
—¿No se haberá suicidao? —preguntó el agente.
—Difísil —respondió don Frutos; y, señalando la posición del arma, agregó—: Pa suicidarse hubiera clavao 'l cuchillo de arriba pa abajo y a éste lo han chuceao de abajo p'arriba. Endemá bicho como este no se suicidan ni mueren en la cama como loj crestiano. A estos a la final, terminan por achurarlos. —explicó Leiva.
—Sea bueno o sea malo, la cuestión es que lo han asesinado, y ahora nuestro deber es aclarar el crimen —dijo el oficial—. La ley es igual para todos.
—La muerte es lúnica ley que no sabe 'e diferencia —exclamó don Frutos—. Pa ella vale´tanto 'l rico como 'l pobre, la mujer como 'l hombre, el niño como 'l viejo…
—¿Y quién pudo haber sido? —prosiguió Arzásola—. ¿Se le conocía algún enemigo?
— ¡Tantos! —le respondió el cabo, que siempre andaba bien informado—. Segundo Riga, a quien le peló tuita la plata l'otro día en la tabeada; Eufemio Cortés, al que madrugó 'e un hachazo en la cabeza que casi lo dijuntea y se la juró; el Pardo Viera, porque le robó la mujer y la abandonó al mes en Ramada-Paso; Gilberto Pérez, a quien le anduvo rondando la novia antes que se casaran… ¡Uf! son mucho loj que le tenían ganas.
Mientras tanto don Frutos seguía observándolo todo en silencio.
Buscaron rastros en las cercanías sin resultado, ya que en el camino de tierra había demasiados y entre las hierbas del bosquecillo no se conservaba ni uno.
Le dieron vuelta y revisaron cuidadosamente, encontrándole una gruesa suma en los bolsillos.
—Pa robarlo no jue —sentenció el comisario.
—Tampoco lo hisieron venir pa achurarlo —deslizó Leiva—, porque entonse hubieran tenido l'arma preparada y no hubieran usao la de él.
—Eso es lo raro —interpuso Arzásola—, que un cuchillero tan mentado como decían que era, se haya dejado sorprender y matar con su cuchillo.
—Se lo habrán pedido emprestao, y entonse… —sugirió el agente.
—Tampoco —dijo don Frutos—. ¿Pa qué lo iba a emprestar? Si hubiera habido un asao pa cortar, tal vez, o si lo hubiera querido enseñar pa venderlo pudiera ser, pero aquí no era lugar pa eso… El cuchillo se lo sacaron y clavaron de a traición nomá…
Después de inspeccionar un rato más dijo el comisario señalando una habitación que se veía en medio de un grupo de árboles a la distancia.
—¿Quién pa vive n'aquel rancho?
—Gilberto Pérez —contestó Leiva—, pero si pensó que jue él s'equivoca fiero porque ayer por la mañana salió con otros troperos pa Concepción pa llevar una puntita 'e vacas…
—El que haiga preguntao por él no quiere desir que ya lo acuse…
—Ta bien, don Frutos, discúlpeme.
El comisario, sin responderle, invitó al oficial:
—Vení, vamo a dir pa'l rancho pa ver si no han visto nada.
Luego, dirigiéndose a los otros, les ordenó que llevasen el cadáver al local policial.
Caminaron cerca de un centenar de metros y llegaron a la vivienda. En el patio de la misma una mujer joven molía maíz en un mortero.
—Güen día, moza; ¿podemo pasar un rato? —dijo el funcionario.
—¡Có'mo no, don Frutos! Pasen y asientensen —respondió la dueña de casa y les indicó dos sillas de junco que estaban cercanas— ¿Quieren pa que les cebe unos mates?
—Si sos gustosa —aceptó don Frutos, y agregó en forma casual—: ¿Cuándo güelve tu marido?
—La semana que viene, creo.
—Mejor pa vos, ansí se haberá arreglao tuito l'asunto del Mocito.
—¿Y qué tengo que ver con eso? —dijo ella, agresiva.
—Mucho, porque se me nase que juiste vo la que le pegó una puñalada allá n'el montecito…
—Yo… yo… —dijo ella, pero, súbitamente, se desmoronó su aparente fortaleza y rompió a llorar.
Después de un rato, algo más serenada, confesó:
—Sí, jui yo… Es mejor que lo diga porque me estaba mordiendo l'alma y no podía tener tranquilidá.
—¿Por qué pa jue, m'hija?
—Porque no me dejaba en pas… Quería que yo le juera infiel al Gilberto y hasta me amenasó que lo iba a provocar pa matarlo. Mucho nicó me anduvo persiguiendo y yo me callaba pa que mi hombre no se disgraciara. Ayer, cuando supo que Gilberto había salido pa Concepción vino a decirme, como de pasada, que si a la noche no iba al monte a atenderlo iba a venir acá pa dentrar ni aunque sea voltiando la puerta…
—¿Por qué pa no me avisaste a mí?
—De sonsa que es una… Me daba vergüenza y creyí que lo iba a convencer, pero una ve allí se puso molesto, me abrasó y empezó a querer besarme. Yo me defendí como pude y en una de esas alcancé a sacarle el puñal y rápido se lo clavé. Dio un quejido y aflojó lo braso… Yo salí coriendo y no sé má… Pero yo no quise jugarle sucio a mi marido, que es güeno y me quiere mucho…
Hubo un momento de silencio sólo interrumpido por los profundos suspiros de la moza.
—¿Ansí que creyiste que vo lo mataste? , de pronto, don Frutos.
—¡Claro! ¿Acaso se salvó? —dijo ella, y una luz de esperanza brilló en sus ojos.
—No, el tipo ese ya clavó laj guampa pa siempre, pero no juiste vo la culpable. Vo apena le metiste el cuchillo entre laj ropa, m'hija. Entonse él lo sacó y con l'arma en la mano te corrió pa castigarte dejuro, pero trompesó y al caer se clavó él mesmo. Jue un asidente nomá…
—Entonse, ¿no me va a haser nada, don Frutos?
—¿Y por qué pa m'hija? Lo que tenes que haser es no desir nada pa no complicar laj cosa y seguir queriendo a tu marido pa que sean felices.
—Sí, don Frutos.
La mujer, vencida por la emoción, entró a la pieza y se arrodilló a rezar frente a un cuadro de la virgen de Itatí, mientras don Frutos y el oficial volvían al camino.
—¿De manera que para usted fue un accidente, comisario? —dijo el oficial.
—Pa mí y pa tuito 'l mundo. Se pierde un malandrín y se gana una mujer honrada, ansí que no hay dudas…
—¿Y cómo supo que fue una mujer la que provocó el accidente? —dijo Arzásola intencionadamente.
—Porque Frioli era un tipo de acción que no se hubiera dejado sorprender por un varón y solamente al tenerlo abrasao podían haberle refalao 'l cuchillo 'e la cintura. Tal cosa únicamente podía haserlo una mujer y la mesma tenía que vivir por ahí nomás, como la de Gilberto Pérez…
Ya ves que sensillo, m'hijo.
—¡Pobre muchacha! Tuvo que estar desesperada para hacer lo que hizo.
—Si no hizo nada, chamigo. Ella le clavó la faca en la ropa y él al correr jue que se hirió. Tene la seguridad que jue un asidente y ansí tene que ponerlo n'el sumario.
—Sí, don Frutos —asintió Arzásola—. Ya he comprendido: un accidente casual.


 Velmiro Ayala Gauna 


(1905-1967)

En el año 1944 publica su primer libro “La selva y el hombre”. Su obra literaria se completa con “Litoral” del año 1950; en 1952 “Rivadavia y su tiempo”; “Cuentos correntinos”; en 1953 “Otros cuentos correntinos”, “La semilla y el árbol” y “Teatro de lo esencial”; en 1955  “Leandro Gómez”,  “Cuentos y cartas correntinas” y “Los casos de Don Frutos Gómez”  considerada su obra cumbre y temática del guión de la película “Alto Parana” de Catrano Catrani;  “Paranaseros” de 1957; en 1960, “Don Frutos Gómez, Comisario” y el tercer volumen de “Cuentos Correntinos” y su obra postrer “Provinciano y del interior” editada en el año 1965.


Velmiro Ayala Gauna escribió además obras de teatro como “De que color es la piel de dios  y música para la película “Viejo Barrio”.

Paul Groussac "La pesquisa" o "El medallón de oro"




 La pesquisa o El medallón de oro
Paul Groussac
(1848-1929)

En 1897, Paul Groussac publicaba, sin firmarlo, en la revista La Biblioteca, de la Biblioteca Nacional dirigida por él mismo, este relato que constituye el primer cuento policial de la literatura argentina, precedido de la siguiente nota:

El autor de este cuento o relato ha querido guardar el anónimo — y tan sinceramente, que nosotros mismos ignoramos su nombre. La persona respetable que nos comunicó el manuscrito nos lo dio como el estreno literario de un joven argentino. Deseaba conocer nuestra opinión: la expresamos con publicar su ensayo, a pesar de revelar cierta inexperiencia y no corresponder del todo al principio la conclusión. No dudamos que *** reincida en la tentativa y que, con ocasión de otro trabajo, nos permita publicar su noticia biográfica.



Después de la comida y, si la tarde era bella, de cuatro vueltas dadas sobre cubierta de popa a proa, deteniéndonos a ratos para encender un cigarro a la mecha del palo mayor o para buscar en vano el fantástico rayo verde del sol poniente, solíamos sentarnos en un solo grupo argentino para escuchar cuentos e historias más o menos auténticas. Una noche, como alguien refiriese no sé qué hazaña de la policía francesa, el conocido porteño, Enrique M..., que había sido años anteriores comisario de sección en Buenos Aires y demostraba extraordinaria afición a sentar paradojas en equilibrio inestable, como pirámides sobre la punta, formuló esta tesis: que en la mayor parte de las pesquisas judiciales la casualidad es la que pone en la pista, basta un buen olfato para seguirla hasta dar con la presa. Y a raíz de sostener acaloradamente su aventurada opinión, que algunos combatían, nos devanó el siguiente cuento al caso, a modo de argumento irrefutable.

I

Entre mis amados oyentes no habrá quien no recuerde el suceso trágico de la Recoleta, que durante un mes tuvo aterrado al barrio del norte de Buenos Aires. En una casa-quinta aislada, donde vivía una señora anciana con una joven de veinte años, entre hija adoptiva y dama de compañía, un crimen horrible fue perpetrado durante una de las largas noches del invierno de 188...
Aunque dicho barrio, entonces menos poblado que hoy, no dependiera de mi sección, tuve que intervenir en el asunto por ausencia del comisario a quien correspondía. Avisado a las cinco de la mañana por un vigilante, acudí al lugar del suceso. Desde la puerta de calle, que daba sobre el jardincito que rodea la habitación, gotas de sangre salpicaban el suelo; un cadáver de hombre mal trazado —de la sumaria resultó italiano— estaba tendido en las gradas del vestíbulo; otro cadáver, el de la dueña de casa —destrozados los vestidos y desgreñada la blanca cabellera, con una espantosa herida en el cuello, un tajo brutal de cuchillo que cortara la traquear tena—, yacía en un dormitorio, apoyado el tronco contra el pie de la cama, en un charco de sangre. Un revólver de calibre mediano estaba tirado en la alfombra.
La joven, que declaró llamarse Elena C. y permanecía anonadada en un sillón del cuarto vecino, fue invitada a suministrar los primeros datos a la policía; después de manifestar su consentimiento con un ligero ademán, se dio principio al interrogatorio.
Era una encantadora muchacha de aspecto extranjero, con ojos claros y la suelta cabellera rubia como un trigal; alta y robusta, vestía de negro con una sencillez elegante que hacía contraste con el desorden de la catástrofe. Se expresaba con pausa y precisión, sin buscar sus frases ni rectificar sus palabras, aunque por momentos la brusca emoción de un incidente recordado interrumpía con un sollozo la empezada narración. Por ella supimos lo siguiente, que fue completamente confirmado por la instrucción de la causa.
La señora de C., viuda de un comerciante español, después de liquidar la sucesión había colocado en diferentes bancos el importe de su modesta fortuna, para retirarse a aquella casita-quinta de su propiedad. Elena, huérfana recogida por este matrimonio sin hijos, se había criado allí mismo y no conocía más familia.
La víctima tenía unos sesenta años. Durante la vida del marido había demostrado una inteligencia y una energía poco comunes, ayudándole en sus operaciones comerciales. Pero, desde los primeros meses de su viudez, su espíritu decayó notablemente, hasta caer en una especie de manía singular: una desconfianza general respecto de la estabilidad de las casas bancarias más acreditadas, y un terror creciente por la miseria que, según ella, la esperaba.
Se comprobó que los diferentes depósitos hechos a su nombre en tres grandes bancos de Buenos Aires, alcanzaban a la suma de cuarenta y cinco mil pesos oro. Pero, poco a poco había ido retirando todas las cantidades depositadas, ignorándose el destino que le diera... Elena suponía que la señora de C. guardaba sus valores en una gran cartera con cerradura que había visto una o dos veces en sus manos, y que creía encerrara en un macizo y enorme baúl que se veía tras de la cama, abierto ahora, y, sin duda, fracturado por los asesinos. Estaba vacío.
Las dos mujeres vivían con estricta economía, sin más servicio que una cocinera que se retiraba después de servir la comida. La señora de C. no tenía ya renta alguna: para los gastos de la casa, salía ella misma a cambiar mensualmente un billete de cien pesos fuertes, cuyo valor se distribuía en los treinta días del mes con un rigor matemático.
Tiempo hacía, declaró Elena, que este método de vida claustral, en un barrio aislado y distante, se había vuelto insoportable para ella, al par que la soledad inspirábale serios temores. El rumor de las grandes sumas que poseía en cartera su bienhechora, había cundido por el vecindario; y ya una noche la señora de C. —que guardaba siempre un revólver armado en su velador y lo manejaba con una destreza varonil— había hecho fuego sobre un presunto ladrón a quien sorprendió escalando la reja del jardín. —Después de este suceso, que ocurrió seis meses antes y alarmó a Elena, ésta insistió con tanta energía para mudar de casa que la señora parecía dispuesta a ceder y prometía siempre trasladarse en breve a otro barrio más central.
Tal fue, en compendio, la relación de la interesante Elena, que fue confirmada por la cocinera. En cuanto al drama presente, la muchacha lo explicaba del siguiente modo, y las indagaciones ulteriores parecieron corroborarlo en todas sus partes. Con todo, debo decir que uno o dos puntos obscuros no dejaron de despertar en mí una vaga desconfianza, teniendo alerta mi instinto olfateador de sabueso policial. Pero aquello fue muy pasajero, y luego todas mis sospechas se desvanecieron —o adormecieron.
La víspera, a las diez de la noche, después de los rezos en común, según la invariable costumbre, Elena dejó a la señora de C. en su dormitorio, y ganó el suyo que no era contiguo sino separado por el comedor, y con ventana a los fondos de la casa.
Elena no estaba acostada aún, habiéndose quedado entretenida hasta muy tarde con la lectura de una novela. Había comenzado a desnudarse, cuando un grito de mujer, prolongado y desgarrador —un clamor que no tenía nada de humano y parecía el aullido de una fiera en agonía—,  rasgó el lúgubre silencio de la noche... «Di un salto, herida por un choque eléctrico, mas quedé al pronto inmóvil, como petrificada por el terror. Me era imposible dar un paso adelante, aunque hacía para ello el más intenso esfuerzo de voluntad... Aquello duró unos segundos... Retumbó entonces una detonación; —percibí otro grito ahogado... un tropel de gente que lucha; el sordo desplome de un cuerpo en el suelo, y, en seguida, un lamento lastimero que fue apagándose por grados, concluyéndose en arrastrado estertor. Al fin, pude sacudir la capa de hielo que me paralizaba... Corrí al dormitorio, cuya puerta estaba abierta, así como la ventana que daba a la galería exterior... Mi madre, tendida al pie de la cama, en las últimas convulsiones de la agonía, no pudo sino reconocerme en una larga mirada, desesperada, extraviada, que la muerte empañó rápidamente».
Algunos vecinos acudieron, encontrando en el vestíbulo el cadáver del presunto asesino; un médico, llamado a escape, no pudo sino hacer constar la doble muerte, producida por bala de revólver la del hombre, por arma cortante la de la mujer. Entretanto, con el relato de Elena y el minucioso examen del escenario, yo procuraba reconstruir la tragedia reciente. Los asesinos —pues eran dos, según lo demostraban las pisadas en el jardín, todavía discernibles a pesar de las idas y venidas de los vecinos— habían quedado acechando la hora propicia en un ángulo obscuro de la casa. Entre las dos y las tres de la mañana, uno de ellos había penetrado en las habitaciones con ganzúa, mientras el otro permanecía en observación. La víctima, que dormía siempre con una lamparilla encendida y su revólver bajo la almohada, se había despertado sobresaltada al sentir la garra feroz que le tapaba la boca, y, en el instante mismo en que el acero le abría la garganta, ella hacía fuego sobre su matador, a quema ropa... En este punto de mi escena mental, mi mirada cayó en el revólver de la alfombra; lo tomé y examiné: era un arma suiza común, de calibre 9. Tuve un sacudimiento de sorpresa: ¡el revólver estaba cargado con sus seis cartuchos intactos! ¡Patatrás! Era el ruido de mi laboriosa hipótesis que se venía al suelo...
La señora de C. no había disparado el tiro cuya bala mató al desconocido (ya no me atrevía a calificar el cadáver que yacía a pocos pasos): ello aparecía claro como la luz; pero ahora el obscuro problema se planteaba más extraño y enigmático que antes. La realidad estaba allí: el cadáver de una mujer asesinada en su cuarto, otro cadáver de un extraño, cuyo aspecto sórdido revelaba claramente sus intenciones al penetrar en lugar habitado —y, como único lazo entre los dos actos violentos, el espectáculo de los muebles abiertos y las puertas forzadas. No era dudoso que el asesino, después del crimen, había robado o pretendido robar a mansalva; habíase luego escapado por la ventana; pero, ¿quién le había detenido en su fuga, quién había muerto al matador? Era inverosímil y casi inadmisible la hipótesis de una riña instantánea entre los dos cómplices, rematando en un balazo mortal. Así no proceden los criminales de oficio... Perdido en conjeturas que mi experiencia desechaba apenas formadas, recorría los cuartos y galerías, bajaba al jardín y volvía a subir, sin poder dar con la solución probable del problema ni abandonar su enervante prosecución. —Mientras vagaba así alrededor de la casa, un detalle extraño despertó nuevamente mi sorpresa: el rastro de un hombre llegaba hasta la ventana del cuarto de Elena, y hasta parecía que hubiera saltado de su borde al jardín. La huérfana confesó que en cierto momento había oído un ruido ligero, pero, como estaban cerrados los postigos, no pudo ver nada y no se atrevió a abrir.
La explicación me pareció satisfactoria. Por otra parte, ¿quién podía abrigar sospecha y pensar un instante en establecer correlación alguna entre el abominable crimen y esta fresca muchacha que sollozaba al recordar a su madre adoptiva, revelaba todos los detalles de su pasado y desarrollaba ante nosotros con imperturbable tranquilidad la trama gris de su monótona existencia?
El asesino había saqueado el cuarto. El ropero, la cómoda, el baúl habían sido fracturados: vestidos, ropa blanca y cien objetos menudos yacían en desorden por la alfombra. Sin embargo, en un pequeño cajón de doble fondo de la cómoda, se encontró un testamento ológrafo que instituía a Elena heredera universal. Una sola cláusula descubría el espíritu algo extraviado de la víctima: «Y recomiendo a mi amada Elena que no se separe nunca del medallón en forma de candado de oro que llevo en el cuello: allí está mi verdadera fortuna, si ella la sabe encontrar».
Ese medallón no fue hallado, por más que Elena demostrara vivísimo interés por él. Sin duda lo había arrancado el asesino con violencia, pues se notaba en el cuello de la muerta una línea lívida con una ligera escoriación. Tampoco se encontraron valores: el robo, evidentemente, era el único móvil del crimen.
La instrucción no dio más resultados. El matador y probable cómplice del asesino pudo escapar a todas las pesquisas. Pocas semanas después tuve que ausentarme por un par de meses, y a mi vuelta nadie hablaba ya de la sangrienta tragedia, que para todos quedó como un crimen vulgar, perfectamente explicable, si bien para mí era un problema tenebroso cuya solución no había sido descifrada todavía ni al parecer lo sería jamás. Supe vagamente que Elena había anunciado la venta de la casita, pero que mientras tanto vivía en ella con una sirvienta extranjera.
Los múltiples asuntos de mi cargo se sobrepusieron poco a poco a la honda impresión recibida aquella noche, y esta se hallaba casi del todo borrada en mí, cuando resurgió una mañana al leer en un diario el siguiente aviso:
Se ha perdido un candadito de oro labrado, para medallón; representa escaso valor y sólo lo tiene para su dueño por ser un recuerdo de familia. Se pagará mil pesos fuertes a la persona que pueda devolverlo. Dirigirse a Concepción Lisagaray. Poste restante.
Lo insólito del aviso, a pesar de su forma trivial, llamó mi atención. No conocía, por supuesto, el nombre indicado. Pero la suma ofrecida por esa prenda era tan superior a su valor probable, que tuve el instinto de hallarme en la pista de algún misterio. Estuve perplejo y caviloso durante todo ese día, cuando, de repente, un rayo de luz cruzó por mi cerebro: ¡El candado de oro! ¡El crimen de la Recoleta!

II

No puedo decir que formé mi plan, pues muy evidente está que necesitaba dirigirme a tientas, o, mejor dicho, dejarme llevar por los acontecimientos; pero desde ese momento tuve la vaga intuición de estar en la pista de una solución extraordinaria, inesperada, del suceso antes referido. Confieso que al interés profesional se agregaba ahora un vehemente deseo, hecho de curiosidad desinteresada, por descubrir la verdad a toda costa, para mí solo, y sin poner en juego los resortes oficiales. Felizmente, mi amistad personal con un alto empleado del Correo me permitía practicar ciertas averiguaciones sin que interviniera directamente el departamento central de policía, cuyo auxilio reservaba para un caso supremo.
No tenía sino dos jalones, pero bastaban para fijar la dirección que había de llevar: debía desde luego establecer que el aviso del diario había sido publicado por Elena C., bajo el nombre de alguna persona muy allegada; en seguida, descubrir al poseedor de la prenda perdida, si llegaba a presentarse. Era cosa evidente que Elena no creía en un hallazgo fortuito: para ella, como para mí, el actual poseedor del relicario era el ladrón, o más probablemente un encubridor y cómplice. De todos modos, ahí estaba el nudo de la cuestión. El detalle que más enardecía mi curiosidad era la suma enorme ofrecida por esa prenda. Y entonces la extraña cláusula del testamento de la anciana señora me volvió a la memoria: allí está mi verdadera fortuna, si la sabe encontrar.
Entre mis agentes, había un belga, antiguo empleado de la Prefectura de Bruselas, discretísimo y atrevido, —un sabueso capaz de rastrear en el agua. Le di el encargo de averiguar sigilosamente el método de vida de Elena, procurando descubrir si entre sus amigas había alguna llamada Concepción Lisagaray. El resultado fue mucho más rápido de lo que era dado esperar.
Al día siguiente —recuerdo que era el 24 de diciembre, víspera de Navidad— se presentó temprano a mi despacho mi fiel agente Hymans, y allí, con su flema habitual y admirable economía de palabras, me dijo sencillamente, después de saludarme:
— Elena C. tiene una sirvienta vasca, llamada Concepción Lisagaray; viven solas, sin visitas. Hace dos meses que Elena está en posesión de su herencia, y desde entonces ha dejado de visitarla su apoderado, el único hombre que pisaba la casa. ¿Qué manda ahora el señor Comisario?
Conocía a mi hombre: no malgasté el tiempo en felicitaciones. Le ofrecí una taza de café, que rehusó, y un cigarro habano, que aceptó.
—Ahora, díjele, se trata de no perderle pisada a la tal Concepción o a la misma Elena si saliera. Y cuando una de las dos se dirija al correo o algún buzón, probablemente al de Cinco Esquinas, me avisa Ud. a escape. Gastos discrecionales.
Se retiró y fui al correo: tenía, como dije, relación con el jefe de la sección Poste Restante y no hubo necesidad de recabar autorización superior.
—¿Recuerda Ud. haber entregado en estos días alguna carta dirigida a Concepción Lisagaray?
El empleado no vaciló: la víspera, una mujer, joven aún, vestida como sirvienta y de aspecto extranjero, había retirado una carta, exhibiendo un pasaporte español a su mismo nombre. Tuve un brusco ademán de contrariedad, pero me contuve y agregué:
—Comprenda Ud. de qué se trata... La policía sigue una pista: necesito que si el caso se renueva dé Ud. algún pretexto para retener la carta demorando a la interesada y dándome aviso inmediatamente. Le encargo la discreción.
Me retiré a mi casa, lentamente, absorto en mis reflexiones. Indudablemente había perdido la oportunidad de dar un paso definitivo. Elena había recibido contestación. ¿Quién me respondía de que esa contestación no pusiera punto final a las negociaciones? A  estar yo presente, hubiera seguido a la sirvienta, y, de grado o por fuerza, habría sabido el nombre del corresponsal... Pero no abandonaba la partida; al cabo el famoso candado no iba en la carta, y si se indicaba alguna cita para la devolución, lo sabría por mi agente Hymans.
Me senté a comer, esforzándome para conservar mi calma entera y no excitar mis nervios con inútiles cavilaciones. Pero el Candado de oro, como una fórmula de hechizamiento, zumbaba en mis oídos, relumbraba en la pared, me perseguía, me acosaba sin cesar, a manera de esas obsesiones enfermizas de la alucinación.
Eran las ocho y ya me levantaba para salir, cuando Hymans se presentó, deteniéndose en la puerta para esperar mis preguntas. Primero interrogué su fisionomía: estaba fría, impenetrable como siempre.
—¿Nada? grité con ansiedad... Dio un paso hacia adelante:
—¡Hay algo!
No pude contener un grito que, lo confieso, daba una pobre idea de mis aptitudes profesionales, en cuanto a dominio propio e impasibilidad.
—Señor, hace una hora que la tal Concepción fue a dejar una carta en el buzón de Cinco Esquinas. Luego...
—Pero, ¿cómo no ha procurado Ud. averiguar el nombre, la dirección? ¡Ah!, ¡ira de Dios!...
Ya me lanzaba a las recriminaciones, furioso y ciego como el jabalí por entre el monte. Hymans me detuvo con un ademán y pronunció estas palabras con su calma acostumbrada:
—La carta llevaba esta dirección: Señor don Cipriano Vera, calle de la Victoria, número 158...
¡Ah!, ¡sangre meridional!, me abalancé sobre Hymans, lo abracé, lo arrojé sobre un sofá y tutéandolo por primera vez, le grité con una carcajada: ¡Bien, hijo mío: cuéntamelo todo!
El relato era corto, sobre todo en boca de aquel diablo de flamenco que hubiera despachado en tres minutos la historia del sitio de Troya.
En substancia supe lo siguiente: hacía dos días que el muy bellaco enamoraba a la sirvienta, prodigándole finos requiebros, acompañamientos al mercado, regalos de confites y otros galanteos de alto estilo. Omito muchos detalles sabrosos y pruebas de su maquiavelismo un tanto primitivo. Lo cierto es que no había tenido mucha dificultad para conseguir su propósito —me refiero al dato buscado. Aquella misma tarde, al saber que Concepción llevaba una carta, se empeñó en ahorrarle el trabajo de echarla al buzón, haciéndolo él mismo con exquisita galantería; así pudo leer rápidamente la dirección y grabarla en su memoria infalible.
Concluido el interrogatorio y apuntadas las señas que me dictó, cargué cuidadosamente mi revólver de bolsillo, y saliendo con Hymans hasta la puerta de la calle, le despedí con estas palabras:
—Yo voy allá, al Once de Septiembre: siga Ud. en acecho y deme aviso en la Comisaría si algo ocurre; esperaré hasta las dos... Pero, amigo ¡cuidado con el fuego!, no vaya a salir cierto el cuento...
—¡No hay peligro, señor!

III

Me dirigía resueltamente al Once de Septiembre, o sea al número 158... de la calle Victoria, que era el de la casa indicada. Así lo había combinado y deliberado de antemano. Llegado que hube a la plaza Lorea, tomé un coche con esa intención. Repentinamente, en el momento de dar las señas al cochero, grité: ¡calle Larga de la Recoleta!
Yo creo firmemente que hay en nuestro ser mental una especie de segundo yo instintivo y vergonzante, que habitualmente cede el lugar al primero, — al yo inteligente y responsable que procede por lógica y razón demostrativa. Pero en ciertos instantes, raros para nosotros, gente vulgar, y frecuentes para el hombre de genio, el antiguo instinto desheredado, esa como conscientia spuria, que diría Schopenhauer, se lanza a la cabeza del batallón de las facultades y manda imperiosamente la maniobra.
Así pensaba yo, mientras el coche me arrastraba hacia el norte de la ciudad. Eran las nueve de la noche, y hasta en los barrios más apartados notábase cierto bullicio e inusitada algazara: recordé que era Noche Buena. Repito que no hubiera podido analizar el móvil exacto de mi cambio de resolución; pero iba ahora instintivamente a casa de Elena, persuadido, convencido de que allí se iba a decidir la cuestión aquella misma noche.
Despedí el coche en Cinco Esquinas, y continué mi camino a pie. Era una pesada noche de verano; soplaba una virazón de tormenta que amontonaba ya los nubarrones por el sudeste. Estaba llegando yo a la casa-quinta de Elena, cuando un bulto negro se desprendió de la pared y vino hacia mí. Era Hymans. Nada había ocurrido, pero sabía que Concepción tenía licencia para asistir a la «misa del gallo». Comprendí al punto que Elena necesitaba estar sola esa noche. Di mis instrucciones a Hymans, para que en caso de acompañar a la sirvienta se hiciera substituir allí por otro agente de confianza, y llamé a la puerta.
El jardín estaba en tinieblas, y una sola luz se vislumbraba por la bajadas celosías de una habitación. Pasaron algunos segundos, percibí un movimiento seco en la ventana, como si alguien inclinara la celosía para mirar. Volví a llamar con más fuerza, oí un ruido de pasos sordos en la arena, con un frú-frú de vestido, y una voz de mujer, a dos pasos de la reja, preguntó con acento vasco: ¿Quién ha llamado? — Cipriano Vera, contesté en voz baja.
La puerta se abrió, y entré sin agregar una palabra.


IV

Noté que la sirvienta se quedaba fuera, después devolver a cerrar la puerta, como si empezara su licencia con haber introducido a un visitante esperado en la casa. Al igual del jardín, el pequeño vestíbulo, precedido de unas gradas, estaba en completa obscuridad.
En la ventana de la salita de recibo vagamente alumbrada, se divisaba la silueta negra de una mujer, espiando sin duda mi entrada. Di resueltamente unos veinte pasos por la calle enarenada, y subí la gradería del vestíbulo; entonces, en el marco de luz de la puerta entreabierta, Elena apareció murmurando con una voz que me pareció trémula de emoción:
—¿Ya estás aquí, Cipriano? no te esperaba aún...
Y se adelantó vivamente hacia mí con los brazos abiertos... De repente arrojó un grito de sorpresa y pavor, y dio un paso atrás, en tanto que yo mismo, no menos sorprendido por lo inesperado de la situación, balbuceaba algunas palabras de saludo y confusa disculpa.
Reconociome al punto, y, con un suspiro de tristeza, entró en la salita donde la seguí. Me senté en una silla muy cerca de ella, de manera que, al ocupar el sofá, Elena recibiese de frente la luz de una lámpara puesta en la mesa central. Pareciome enflaquecida y algo marchita; vestía de luto con severa sencillez, y la larga trenza de oro que yo conocía oscilaba en su espalda con cada movimiento suyo. Quedó un rato silenciosa y con los ojos bajos; yo podía contemplar sin sonrojarla la gracia esbelta de su persona que despedía como un perfume de distinción.
Al fin hablé, buscando los términos menos hirientes para sus oídos de mujer joven y huérfana. Su exclamación reciente acababa de levantar para mí una punta del velo misterioso; pero era tan extraño lo que creía entrever, tal contraste formaba con el aspecto noble de esta desgracia, que mi voz casi temblaba al interrogarla.
—Usted esperaba a Cipriano Vera ¿no es verdad?
Me contestó con la cabeza y sin alzar la mirada.
—Elena, quisiera persuadirla de que mis palabras nacen de un interés sincero por su situación. —Ese hombre posee una prenda de gran valor para usted. ¿Cómo la tiene? He comprendido que es muy amigo suyo... ¿Por qué necesita usted valerse de la publicidad para recuperarla?
Me contestó, sin que variara su actitud:
—Cipriano tomó la prenda aquí, en la noche del crimen...
Tuve un ligero estremecimiento, y casi sin atreverme a formular mi pensamiento:
—Entonces... ¿ha sido cómplice?
Levantose bruscamente, juntó las manos y alzando los ojos por vez primera, me miró de frente y exclamó con acento vibrante :
—¡Cipriano! ¿Ha creído usted que él era un asesino?...
Se detuvo; y como sin contestarle seguía mirándola fijamente, comprendió, sin duda, la pregunta delicada que yo callaba; entonces bajó nuevamente los ojos, al tiempo que un tinte rosado subía a sus mejillas pálidas, y murmuró con acento resignado:
—Y bien, sí; la realidad es menos atroz que su sospecha. Cipriano estaba en mi cuarto, esa noche, en esa hora terrible... Voy a confesarle toda la verdad. Tal vez con sonrojarme ante usted, logre evitar la pública vergüenza...


V

Era la vieja historia, el fresco idilio que remata en drama lastimero, como en el gran poema humano de nuestro siglo. Un día él la vio salir de una iglesia y la siguió. Se cruzaron las miradas, luego se rozaron las manos trémulas después de los primeros saludos, de las primeras palabras triviales y fingidamente alegres, balbuceadas con todo el corazón estremecido y los labios secos... En fin, como siempre sucede, se amaron antes de conocerse, y cuando se conocieron parecioles que habían nacido para amarse eternamente.
Cipriano vivía con una madre pobre a quien sostenía con su trabajo: era empleado y tenía veintiséis años. Ella, huérfana, y criada sin esos besos maternos que siembran rosas en las mejillas infantiles, crecida como yedra en pared que mira al sud y no conoce al sol, dejose arrastrar por la pendiente fascinadora. Quiso confiar a sus padres adoptivos la gran aventura que caía en su vida: pero éstos, que eran egoístas y la querían para sí, helaron en sus labios el primer asomo de confesión. Y entonces, fatalmente, sucedió al poema virginal bajo la luz del cielo, el enredo cada día más encubierto de las citas clandestinas, en la plaza desierta, en la reja del jardín, y últimamente, después de la muerte, del padre, en el cuarto de la joven... Cuando todas las luces de la casa se apagaban, Cipriano entraba como un ladrón por el jardín obscuro, pues la anciana señora no confiaba ni a su pupila la llave de la puerta; y una noche el amante furtivo había oído silbar a pocas pulgadas de su cabeza la bala de un revólver. Él era el presunto ladrón a quien la viuda hiciera fuego.
La noche del drama, Cipriano entró como siempre escalando la reja de la calle, y luego dirigiose al cuarto de Elena, rodeando la casa y penetrando al interior por la ventana abierta.
Por centésima vez, se repetían en voz baja las protestas y juramentos de un amor sincero. Cipriano ya tenía el consentimiento de su madre, y no esperaba sino un anunciado y merecido ascenso en su carrera administrativa para realizar al fin su compromiso leal. Elena hablaría clara y honradamente a su madre adoptiva: y si ésta negaba su consentimiento... y bien : al cabo, ¡Elena tenía veinte años!...
Acababan de dar las dos en el reloj del comedor; de repente Elena tuvo un sobresalto; poniendo su mano en la boca de Cipriano, prestó el oído hacia el cuarto vecino: parecíale que un ruido insólito se había dejado sentir por el vestíbulo. Así quedó un instante, con la boca abierta y los ojos dilatados, sin percibir otro rumor que el viento en los follajes. El joven, risueño y confiado, la serenaba enlazándola en sus brazos, y volvía a seguir el tierno diálogo, cuando el estridente clamor de la víctima herida retumbó espantosamente en el silencio nocturno. Elena se precipitó hacia dentro, sin reparar en el peligro, mientras Cipriano, saltando por la ventana con revólver en mano, rodeaba la casa para entrar por el frente, como llamado de la calle al grito de auxilio. Al trepar la galería tropezó con un hombre que huía, y junto con el choque sintió un dolor agudo en el hombro izquierdo; hizo fuego a quema ropa y el hombre cayó. Un objeto metálico rodó a los pies de Cipriano que instintivamente lo recogió.
Al colocarlo en su bolsillo, pareciole que su mano estaba mojada como por agua tibia. Entonces comprendió que la tragedia había concluido, y que el mayor peligro para Elena resultaba de su presencia en el sitio; huyó, cubierto de sangre, procurando comprimir la que salía por la herida. Felizmente el frío de la noche contribuyó a contenerla, y pudo tomar un coche que volvía vacío y lo dejó en su casa, casi desmayado...
Todos estos detalles no se supieron sino después. En cuanto a Elena, sola con su madre expirante, tuvo la atroz energía de componer el lugar de la catástrofe, volver a cerrar su ventana, y discurrir de antemano la explicación que pudiese salvar siquiera su honra y la de su cómplice inocente...


VI

Escuché con emoción profunda el relato de Elena. No podía ya dudar de la verdad: su explicación era limpia como sus lágrimas, convincente y clara como la luz del sol. Después de concluir había quedado pensativa. Hubo un gran silencio, y sólo entonces reparamos en el viento que arreciaba y los truenos violentos que anunciaban la próxima tempestad.
Una reflexión postrera me asaltó, y dirigile nuevamente esta pregunta:
—Todo lo veo y comprendo; pero no se ha encontrado valor alguno en los bolsillos del asesino; fuera del medallón, no tuvo tiempo de robar nada, ¿dónde estará la fortuna de la señora?
Parecía como que mi voz la despertara de un pesado letargo; y me contestó después de breve pausa:
—Mi madre, cediendo a su manía, había ocultado sin duda su dinero en un punto de esta casa. Ignoro donde; pero creo, estoy segura que el candado de oro nos lo revelará. Ahora sé que Cipriano lo tiene. ¡Cuánto he padecido en estos meses sin explicarme su prolongado silencio, su abandono aparente! Una carta de él, que recibí ayer, me ha revelado la verdad. Su herida tomó un aspecto alarmante: durante varios días, el médico creyó que el puñal del asesino había atravesado el pulmón. Cuando la herida empezó a cicatrizarse después de algunas semanas, no supo sino vagamente los resultados de la instrucción criminal. No podía confiar a extraños sus ansiedades. Temía por mí, recelaba de su madre, quien, ante el escándalo de la causa, me hubiera rechazado para siempre. Además, él mismo juzgó incurable su mal. A principios de la primavera tuvo un vómito de sangre; y cuando por orden del médico fue llevado a Mendoza, tuvo la persuasión de que allí iba a morir. Y entonces, ¿para qué causar a la mujer que amaba y que tanto había sufrido por él este dolor supremo?... Al fin, restablecido, y preparándose para volver, había leído en un diario el aviso de Elena, y le había escrito explicándoselo todo y fijándole para esta misma noche su primera entrevista después del largo padecer...
En este momento oyose llamar con fuerza a la puerta de calle. Nos levantamos a un tiempo: Elena me tomó la mano murmurando: ¡es Cipriano! Y su mirada suplicante me dirigía una muda interrogación:
—Ábrale, Elena, contesté suavemente: llegamos al término.
Salió y volvió pocos momentos después, precediendo a un joven de aspecto enérgico y atrayente. Aunque pálido y delgado todavía, traía en su mirada brillante la revelación del triunfo definitivo de la juventud. Me saludó, escuchó de boca de Elena algunas palabras explicativas, y tomándola de la mano cariñosamente, le dijo con una sonrisa:
—Albricias, Elena: no sólo te traigo el famoso candado sino el secreto que encierra.
Sacó de su bolsillo un medallón de oro y se lo entregó. Era un candadito redondo y liso, de oro bruñido, sin más adorno que una roseta de brillantes en su centro. La prenda valdría unos cincuenta duros, y me parecía incomprensible el alto significado que ambos le daban. Entonces volvió Cipriano a tomarlo en su mano, apoyó tres veces con fuerza en la cabeza central y el candado se abrió como un relicario. Nos aproximamos a la luz, y leímos estas palabras grabadas en la tapa interior:

TRAS DE MI CÓMODA
E. L. E. N. A.

La joven dio un grito de alegría.
—¡Ya sé el secreto de la cerradura: son las cinco letras que no podía adivinar!
Rápidamente nos llevó a la pequeña cómoda del dormitorio, retirámosla sin gran trabajo y apareció la puerta de una caja de hierro, incrustada en la pared. De construcción especial, no tenía cerradura visible, sino cinco botones de acero con ancha cabeza giratoria y las letras del alfabeto en contorno.
Hacía una semana que Elena, arreglando lo muebles con la sirvienta, había descubierto el singular escondrijo. Pero, desconfiando de toda intervención extraña, había preferido seguir su instinto de mujer, que le señalaba el candado de oro como la clave del enigma.
En efecto, Cipriano colocó las letras en el orden indicado, y con el primer movimiento de tracción, la puerta se abrió. Una enorme cartera de cuero de Rusia ocupaba el único estante de la caja. Contenía cuarenta mil pesos fuertes en billetes de banco.
Un mes después Cipriano y Elena se casaron y fui yo mismo...

— Manda decir el señor comandante que tengan ustedes la bondad de hacer silencio...
Era un atento marinero que interrumpía al narrador engolfado en la preparación de su final. El simpático dictador del Orénoque, persuadido de que el fin primordial de las travesías es el bienestar de los comandantes nerviosos, hacía cumplir religiosamente la inviolable consigna.

Enrique M. esperó vanamente una protesta de su auditorio: en sus sillones de hamaca, al resplandor de la luna que derramaba su plata líquida sobre las olas quietas, todos dormían profundamente.





 Paul Groussac

(Toulouse, 1848 - Buenos Aires, 1929) . En alas de su inquietud, llegó a la Argentina a los dieciocho años (1866) y allí se quedó; trabajó en el campo, estudió en la ciudad, alternó con políticos e intelectuales y fundió su espíritu francés con el alma argentina. Profesor, inspector de Enseñanza, director de la Escuela Normal de Tucumán (1878) y director de la Biblioteca Nacional desde 1885 hasta su muerte, Paul Groussac fue un escritor con espíritu crítico y un investigador sagaz que influyó poderosamente tanto en los autores coetáneos de la cosmopolita generación del 80 (Lucio Vicente López, Miguel Cané, Eduardo Wilde, Lucio V. Mansilla) como en los seguidores del modernismo de Rubén Darío y Leopoldo Lugones.